Mientras los negocios de los medios y la pauta oficial corren por carriles cómodos, la justicia tucumana duerme una siesta letal que ya lleva ocho años, protegiendo con total impunidad a un clan familiar intocable.
Hay silencios que aturden y complicidades que dan vergüenza ajena. En el Tucumán de los discursos bien intencionados pero vacíos de realidad, la historia de una madre desesperada desnuda la peor cara de un sistema diseñado para blindar a los amigos del poder.

Jorge Valenzuela, hermano de Julio Valenzuela —propietario del diario El Tucumano—, camina por la calle con total tranquilidad pese a cargar sobre sus espaldas con una denuncia gravísima por haber abusado sexualmente de su propia hija cuando esta era menor de edad.
Ocho años
Lean bien: noventa y seis meses de excusas, de expedientes cajoneados, de pasillos judiciales donde a la víctima y a su madre les responden con la desfachatez de que «vuelvan la semana que viene». ¿Hasta cuándo?

Mientras tanto, la joven carga con un dolor inmenso, marcas psicológicas profundas y la frustración de ver que su agresor sigue impune, trabajando en ámbitos con menores y sin haber recibido jamás un castigo laboral ni social a la altura de semejante aberración. El diario La Pluma Viral, vino de manera incansable denunciando la situación en diferentes publicaciones.


Pero la impunidad no camina sola; necesita alfombra roja. ¿Cómo se explica que una causa de esta magnitud duerma el sueño de los justos en los escritorios del Ministerio Público Fiscal, bajo la órbita de figuras como Edmundo «Pirincho» Jiménez y con la complacencia de un gobierno provincial como el de Osvaldo Jaldo, que sigue regando con pauta publicitaria y fondos millonarios a medios y operadores amigos?

Se arman un blindaje mediático perfecto donde los poderosos se tapan entre ellos, los colectivos que deberían alzar la voz miran para otro lado y la miseria institucional se disimula con sonrisas de postal familiar.


El dolor de una madre
En las imágenes que circulan y que exponen al clan, se ve la absoluta desconexión de una familia que parece intocable, donde mientras unos se pasean con aires de bohemios millonarios, otros acumulan cargos, supuestos ingresos municipales desmedidos a costa del bolsillo de los tucumanos y una protección judicial vergonzosa. La madre lo grita a los cuatro vientos con el corazón roto y al borde del colapso: siente que si hace justicia por mano propia va a terminar presa, porque los únicos que disfrutan de derechos y garantías en esta provincia son los victimarios.
Ya basta de mirar al costado. La desidia de la fiscalía y la protección mediática no borran el grito de una piba que necesita respuestas y de una madre que se está muriendo en vida. Si la justicia no actúa, la complicidad pasa a ser de todos. Es hora de que den la cara.

La justicia y el gobierno cómplices
La justicia que llega tarde no es justicia, es complicidad con carnet de legalidad. Ocho años mirando hacia otro lado, cajoneando expedientes y protegiendo apellidos con coronita mientras una piba y su madre cargan con el calvario de la impunidad demuestran que el poder en Tucumán prefiere cuidar sus negocios y sus alianzas antes que defender a las víctimas. Si el Estado y los fiscales siguen eligiendo el silencio, la vergüenza caerá entera sobre sus escritorios; porque la verdad ya salió a la luz y a este grito de justicia no lo van a callar con pauta ni con impunidad de familia bien.




