Con salarios de miseria, obras vetadas y calles destruidas, la gestión municipal dilapida los recursos públicos para bancar la campaña política de la familia de la intendenta Marta Albarracín. Lules nos tiene acostumbrados a los grandes festivales con fondos públicos, pero ahora nos sorprende con festejos populares disfrazados de campaña.
La paciencia del vecino de Lules tiene un límite, y ese límite ya se sobrepasó hace rato. En una ciudad golpeada por la falta de servicios básicos y el abandono estructural, la gestión de la intendenta Marta Albarracín parece vivir en Narnia.
La plata del municipio no vuelve en asfalto, iluminación ni obras, sino en una maquinaria de propaganda orientada a sostener los privilegios del apellido familiar a costa del bolsillo de todos los contribuyentes.

El negocio del apellido: la plata es del pueblo, los aplausos son del clan
Lo que debería ser una administración al servicio de la comunidad se ha transformado en un feudo político familiar. Agasajos por el Día de la Madre, bingos con premios tentadores, almuerzos multitudinarios y espectáculos con artistas contratados se promocionan sin pudor en las redes oficiales. La trampa detrás del cotillón es evidente: utilizan agasajos populares para financiar de manera encubierta la candidatura a concejal de Marcela Albarracín, hermana de la intendenta y rodeadas por el legislador Carlos Gallia.


Financiar posicionamientos políticos con las arcas del Estado municipal no es gestión, es un atropello ético que pisotea las urgencias reales de la gente. Obras que no llegan y un asfalto vetado a pura desidia.

Mientras en los salones de fiesta abundan las risas y la demagogia, en los barrios la realidad golpea duro. Las calles de Lules son intransitables, convertidas en verdaderas trampas de pozos, cráteres y barro cada vez que caen dos gotas de agua. La negativa sistemática a concretar obras de asfaltado o pavimentación ahoga el desarrollo de zonas completas. Negarle el asfalto al vecino no es solo una omisión presupuestaria; es quitarle la posibilidad de que los chicos lleguen limpios a la escuela.
La gestión de Albarracín prefiere vetar el progreso urbano mientras prioriza el gasto corriente en eventos que se evaporan en una sola noche.
Salarios de miseria para sostener el banquete político
El contraste se vuelve todavía más doloroso cuando se observa a quienes le ponen el cuerpo diariamente a la ciudad. Los empleados municipales, que deben poner la cara ante el reclamo diario por la falta de servicios, se encuentran acorralados por sueldos de extrema indigencia que rondan los miserables 200 mil pesos.

Es un esquema que arrebata la dignidad del trabajador para luego ofrecerle, a través de sorteos o bolsones, una limosna que pretenden hacer pasar como generosidad gubernamental.
No hay presupuesto para pagar salarios dignos ni para reparar las herramientas de trabajo, pero siempre aparece la partida presupuestaria oportuna para montar un escenario con locución en vivo.
Una ciudad cansada de que le vendan espejitos de colores
El descontento popular crece en las calles y estalla en las redes sociales, donde los vecinos empiezan a denunciar sin filtro el uso indebido de los recursos públicos. La gente ya no se deja engañar con el circo montado ni con el reparto de regalos financiados con sus propios impuestos.
Lules necesita con urgencia obras duraderas, calles transitables, salarios justos y una gestión que entienda que la municipalidad no es una empresa familiar.
Es hora de que la intendenta baje de los escenarios de campaña, pise el barro donde vive la gente y devuelva al pueblo la dignidad que le viene arrebatando.




