
El Ministerio de Educación de Tucumán parece haber perfeccionado el arte del simulacro. En sus recientes publicaciones oficiales, se jacta de una «intensificación de tareas de revalorización» en edificios emblemáticos como la Escuela Normal Juan Bautista Alberdi.
Sin embargo, la realidad es terca y se filtra por las grietas: mientras la prosa ministerial habla de progreso, las imágenes del deterioro edilicio exponen una verdad incómoda. No son obras de fondo; es apenas una solución cosmética para tapar un colapso que ya no admite más capas de pintura.
Del sueño del Shopping al nido de ratas
El cinismo oficial sobre la Escuela Normal tiene historia y memoria. Es imposible no recordar que se trata de la misma institución que Susana Montaldo, en su primer mandato como ministra, pretendió convertir en un shopping. Aquel proyecto de transformar aulas en locales comerciales fracasó por la resistencia de la comunidad, pero hoy la gestión pareciera intentar lograr un objetivo similar por la vía de la desidia: si no pudieron venderla al mejor postor, la dejaron caer por su propio peso.
Esa misma escuela que hoy el Ministerio intenta «revalorizar» con fotos de ocasión, fue noticia hace semanas por la presencia de ratas en sus aulas. No es un problema de limpieza; es una metáfora viviente de la degradación a la que han sometido a un emblema del microcentro. La Normal hoy no es un centro de compras, pero tampoco es el templo del saber que solía ser: es el monumento al abandono estatal.
Cosmética de paredes y de seguridad
En este escenario de carencias estructurales, el Gobierno apuesta al punitivismo mediático. Ofrece la cárcel de Benjamín Paz más como una amenaza que como una solución de fondo. El despliegue de 2.500 efectivos policiales para custodiar escuelas ante grafitis de amenazas de tiroteo -un «fenómeno global» según la Ministra- resulta ser una respuesta tan cosmética para la crisis como las manos de enduído y pintura que se ven en las fotos del Ministerio de Educación.
Al final del día, el despliegue policial y el «humo» que se vende con el mantenimiento edilicio, son lo mismo: una capa superficial que intenta ocultar lo que está podrido. Mientras se gastan recursos en blindar fachadas para la foto, las otras ratas -las que envenenan a nuestros jóvenes en los barrios- operan con total libertad ante un Estado que hasta acá demuestra que pareciera no saber de otra cosa que no sea puestas en escena, maquillaje y soluciones cosméticas



