
Lisandro Catalan con sus ojos, rodeados de ojeras profundas que delatan noches de insomnio y cálculo cínico, observan el abismo de Tucumán. Viste un traje imposible: una mitad resplandece con el cotillón estridente y los colores de la «nueva política» nacional, mientras que la otra mitad pende hecha jirones, carcomida por el polvo y las mañas del viejo feudalismo norteño de un gaucho al que le gusta le llamen Quebrachito.
Catalán avanza sobre una cuerda floja oxidada que cruza el mapa de la provincia de Tucumán. Tambalea a propósito, estira los brazos en un equilibrio patético que domina a la perfección. Sabe que el espectáculo es burdo, pero efectivo.

Alza la voz hacia una multitud invisible: —¡Llegó la verdadera renovación! ¡Abajo las castas y la vieja política!— exclama con impostada épica, aunque un segundo después, cuando las luces no lo enfocan del todo, una mueca de infinito cansancio deforma su rostro. Entre dientes, susurra para su propia miseria: —Si supieran que uso los mismos hilos de siempre…
Es un acróbata de la contradicción absoluta. De repente, da una pirueta ridícula en el aire, un salto acrobático que desafía la gravedad y la coherencia lógica. Al hacerlo, de sus bolsillos rotos brota una desproporcionada y asfixiante cortina de humo negro que lleva grabada a fuego la palabra REBELDÍA”.

El hollín cega a los espectadores de abajo, tapando la red de falsedades que ya se desmorona a simple vista. Mientras cae con torpeza pero de pie, Catalán sonríe al vacío: —¡Miren a mi derecha! ¡Miren a mi izquierda! No importa dónde caiga… ¡lo que importa es no soltar la soga del poder!
Escondido el villano bajo las imponentes narrativas del gobierno central, su verdadera tarea en el norte es mucho más oscura y destructiva, lograr que no haya renovación política en Tucumán.

Con una mirada sombría y resignada —la de un villano que acepta su triste rol en el engranaje—, Catalán apoya su mano temblorosa sobre la mano de un viejo gobernador. Se “presionan mutuamente” con frialdad calculadora y complice.

Al fondo del paisaje, estallan en mil pedazos de los puentes de cualquier alternativa u oposición genuina para la provincia. Sabe que está destruyendo el futuro de Tucumán, pero lo asume como un oficio inevitable: —Mi misión es clara: dinamitar cualquier opción real que amenace el statu quo… ¡aquí no queda nadie! Alguien tiene que ensuciarse las manos para que nada cambie.

Su gestión, en realidad, se mide únicamente en el volumen de sus discursos estériles. Minutos después lo vemos solo, parado en medio de un escenario gigantesco, agrietado por el abandono ya que ha echado a todos de su lado luego de matar el águila.

Sostiene un megáfono abollado y grita con las venas del cuello ridículamente hinchadas, al borde del colapso físico. Del aparato no salen ideas, solo nubes deformes de ceniza pesada que caen sobre los ciudadanos. —¡La culpa es de ellos! ¡Todo es culpa del de al lado! ¡Escuchen mi discurso y no miren mi falta de gestión! — brama, intentando ahogar el eco de su propio vacío institucional.
En Casa de Gobierno de Tucumán, Catalán se sienta junto a los todopoderosos tucumanos. Sostiene entre sus manos un folio arrugado titulado «Proyectos de Ley para Transformar la Asfixiante Realidad Tucumana».

Mira fijamente el papel: está completamente en blanco. Una sonrisa amarga, casi de lástima por sí mismo, se dibuja en sus labios, cuando el quebrachito le dice: —¿Leyes? ¿Trabajo legislativo real? ¡Por favor! El humo no necesita marcos regulatorios… y el caos es más rentable.—



