Aguilares: el clan Mansilla y más de 30 años viviendo del estado.

Sergio "La Burra" Mansilla en el viejo edificio de Legislatura de Tucumán

En Tucumán parece existir una regla no escrita: cambian los cargos, pero nunca cambian las caras. Mientras miles de tucumanos luchan todos los días para llegar a fin de mes, una parte de la dirigencia peronista lleva 20, 30 y hasta 40 años viviendo del Estado, saltando de un puesto a otro como si la política fuera una herencia familiar y no un servicio público.

Gimena Mansilla

Los nombres se repiten década tras década, ocupando cargos estratégicos mientras la provincia sigue atrapada en los mismos problemas: pobreza, dependencia estatal, falta de oportunidades y pueblos enteros abandonados.

Beatriz Rojkés y Sergio «La Burra» Mansilla.
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Muchos construyeron verdaderos feudos políticos donde el poder se mantiene gracias al aparato, los acomodos y las estructuras partidarias cerradas.

Cuando no gobiernan ellos, gobiernan sus esposas, hermanos, hijos o dirigentes de su mismo círculo. La renovación política queda solo en los discursos de campaña.

Juan Manzur y Sergio «La Burra» Mansilla

Lo más grave no es solamente la permanencia eterna en el poder, sino la naturalización de que vivir del Estado durante toda una vida sea visto como algo normal.

Hay dirigentes que pasaron más tiempo ocupando cargos públicos que trabajando fuera de la política, mientras la gente común tiene que sobrevivir en una provincia cada vez más golpeada.

Y cada elección prometen lo mismo: “ahora sí viene el cambio”. Pero el cambio nunca llega porque los que manejan el poder son siempre los mismos.

«La Burra» Mansilla, Miguel Acevedo y Osvaldo jaldo.

Tucumán necesita dirigentes que trabajen para la gente y no dirigentes que hagan de la política una carrera vitalicia.

Cuando el poder se convierte en costumbre, la democracia deja de renovarse y empieza a estancarse.