Legisladores tucumanos rumbo a la Luna.

Legisladores tucumanos – los 'Dueños del Cielo' Miguel Acevedo y Sergio 'la Burra' Mansilla – compraron boletos al espacio y transmiten en directo desde la nave espacial 'Tucumán es nuestra', con la Tierra de fondo, lejitos de los inundados. Dicen que se viene el fin del mundo y por eso cobran 228 millones, porque es caro el pasaje.
Autora Myriam Costilla Duyck

Allá arriba, donde el Aconquija se pone azul de puro frío, el aire ya no alcanza para todos. Comenta mi padre que es un gaucho jubilado que el dinero tiene un sonido sordo, como de tierra cayendo sobre un cajón, y que en la ciudad de San Miguel ese sonido no para de oírse.

Dicen que los legisladores, los de la calle Muñecas, tienen las manos tan llenas de plata que ya no saben ni dónde esconderla.

El gaucho viejo y su hijo escapando del desastre de las inundaciones de Tucuman
—Es para el viaje —dijo mi padre, sin dejar de mirar la nube que se venía negra por el lado del sur mientras caminaba.
—¿Cuál viaje, papa?
—El de la Luna.

Dicen que allá arriba no hay municipios, ni comunas rurales, ni gente pidiendo escuelas.

Dicen que por eso cada legislador nos cuesta 228 millones de pesos al mes. No es que sean caros, es que están juntando para el pasaje. Quieren irse lejos, donde el hambre de nosotros no les ensucie los zapatos de charol. Me quedé pensando en el número. 228 millones de pesos. Por cada uno. Es un cerro de plata que alcanzaría para tapar los pozos de todas las escuelas que la señora Montaldo no mira. Pero ellos no quieren arreglar techos.

Ellos dicen que las inundaciones, esas que nos llevan los animales y la vida en Lamadrid, son un castigo de Dios. Que Dios se cansó de los tucumanos, esta enojao y mandó el agua para borrarnos del mapa.

El último Malbec del Triunvirato de Tucuman:» Leiva (Pte de la Corte Suprema de Tucuman), Edmundo Jimenez (MPF) y Osvaldo Jaldo (Gobernador de Tucuman), resguardados en el oro mientras afuera el mundo parece haber llegado a su fin.

—Por eso andan cavando —susurró mi padre, escupiendo un resto de coca—. Si no les sale lo de la Luna, se meten debajo de la tierra. Un búnker, le llaman. Un pozo hondo, forrado en oro, para que cuando el río nos trague a todos, ellos sigan allá abajo brindando con el vino que compraron con los impuestos de los que se están ahogando.

Plan B: Osvaldo Jaldo se iría solo, en un cohete a la Luna

Miramos hacia la Legislatura, que desde aquí parece un juguete caro y brillante, mientras los planes de riego de hace treinta años se pudren en los cajones de algún escritorio de madera fina. Dicen que el gobernador anda diciendo que se queda, que la ley lo deja seguir sentado en la silla. Otros dicen que será el último en irse a la Luna.
—¿Y nosotros, papa? —pregunté, sintiendo la primera gota de lluvia, pesada como un reproche.
—Nosotros somos la tierra que ellos pisan para impulsarse hacia arriba. Somos el «dinero negro» que alimenta sus motores. Para nosotros no hay búnker, ni hay Luna.

Solo nos queda el Aconquija, que nos mira con lástima, viendo cómo los hombres que deberían cuidarnos están más preocupados por ser los muertos más ricos del cementerio que por ser los vivos que nos salven del agua.

Y el trueno retumbó, seco y vacío, como una sesión de la Legislatura donde se habla mucho –de viajar a la Luna-, pero no se dice nada, mientras el agua empezaba a bajar por el cerro, buscándonos, como siempre.