Como modernizar la corte sin leer un solo libro

Sátira sobre las Memorias del Agente 375
(Autora Myriam Costilla Duyck) – Abogada en una tierra de murmullos

Era 1 de Abril de 2026, en el piso más alto del Palacio de Justicia, donde el aire huele a papel viejo y a secretos guardados bajo llave, se gestaba una escena que definiría el destino cercano de la provincia de Tucumán. No era una reunión de mentes brillantes, sino el cónclave del Triunvirato del Horror de la Ignorancia.

En la cabecera, sentado con una rigidez que intentaba ocultar su nerviosismo, estaba «El Contador». Su mente funcionaba como una vieja sumadora oxidada; para él, la justicia no era una cuestión de leyes o derechos, sino de números que debían cerrar a favor del patrón de turno. «Si los votos dan y la caja cierra, la ley es lo de menos», murmuraba mientras tachaba nombres en una planilla de Excel que parecía su única biblia.

A su derecha, la figura conocida en los pasillos como «La Burra».

Su apodo no era solo un ataque a su intelecto, sino un tributo a su obstinación por avanzar sin mirar a los costados, ignorando cualquier rastro de jurisprudencia o lógica elemental.

Ella no interpretaba la Constitución; la usaba para nivelar la pata de una mesa floja. Cada vez que abría la boca, el Derecho Procesal lloraba en un rincón de la biblioteca.

Allí estaba “el Agente 375”, apostado en el umbral como una tubería, vestido de traje barato, con la mirada perdida en el horizonte de un complot que solo él podía ver (y que probablemente él mismo había redactado la noche anterior). Para el ojo inexperto, era un magistrado; para el iniciado, era el Agente 375, un hombre cuya verdadera oficina no tenía escritorio, sino micrófonos ocultos en los floreros y un sistema de archivos que haría palidecer al propio Paturuzu.

El Agente 375 en plena acción

Su «gabardina invisible» —que en realidad era un aura de misterio alimentada por cafés fríos y susurros— crujía cada vez que alguien mencionaba palabras peligrosas como «ética» o «mérito». El Agente 375 no leía expedientes; él leía almas, o, mejor dicho, leía las debilidades que figuraban en sus amados “cuadernos”. Tenía una carpeta para cada ciudadano: desde el que se quejó por un bache hasta el que osó leer la Constitución sin pedir permiso previo.

— «A este no lo dejes pasar, tiene mirada de que cree en el debido proceso», le chistó a su sombra mientras ajustaba un auricular que en realidad era un audífono viejo para escuchar mejor los chismes del ascensor del palacio de tribunales mientras el fantasma de Lito lo perturbaba con sus ruidos.

Para el Agente 375, la Justicia no era una señora con una balanza, sino una puerta giratoria que él controlaba con el dedo índice.

Si eras amigo del «orden», la puerta volaba; si eras un librepensador, la puerta se convertía en un muro de hormigón con sellos de «vuelva mañana».

La misteriosa puerta giratoria del Palacio

Orquestaba el sistema como un director de orquesta que ha reemplazado los violines por grabadoras de cinta.

En su mundo, un pinchazo telefónico valía más que mil sentencias, y un secreto bien guardado bajo la lengua era el único código civil que realmente importaba. Mientras el resto de los mortales buscaba la verdad, el Agente 375 buscaba el ángulo de incidencia para que la impunidad tuviera siempre un asiento en primera fila, con café y masitas incluidos.

El día, la reunión era «clave». Se habían reunido para, supuestamente, «modernizar» la Corte. Pero en la mesa del Triunvirato, modernizar significaba aceitar los engranajes de la obediencia y el silencio incluso de la Pluma Viral.

—»Contador», ¿tenemos el presupuesto para silenciar las críticas? —preguntó el Agente 375, ajustándose un auricular imaginario.

—Los números están en rojo, Agente 375, pero si recortamos en justicia para los pobres, nos sobra para los carteles de propaganda —respondió “el contador” con la frialdad de quien suma peras con manzanas.

Don «La Burra», dio un golpe en la mesa que hizo saltar las tazas de café.

—¡No necesitamos leyes! —rebuznó con orgullo—. ¡Necesitamos que se haga lo que nosotros digamos, y si no entienden, les tiramos un Código Penal por la cabeza, que total para otra cosa no lo usamos!

…los ciudadanos van por un pasillo del palacio que no protege a nadie que lo gobierna la ignorancia…

En este Palacio de Justicia donde el aire huele a papel viejo, la figura de “Dr.  Inocencio Traspie”, servidor torpe e incondicional, termina de sellar el destino de los abogados.

Mientras el Triunvirato del Horror (El Contador, La Burra y el Agente 375) opera desde la frialdad y la ignorancia, este cuarto personaje garantiza, con sus propios tropiezos, que nadie pueda escapar del laberinto.

El servil Dr Inocencio Traspie enredado en su propia lentitud

Al final, su servilismo es el pegamento de una modernización diseñada para asegurar el atraso. Entre hojas sueltas de secretos y un Código Penal que solo sirve para tropezar, la justicia tucumana queda, literalmente, enredada en sus propios pies.

Así, entre la frialdad numérica del Contador, la torpeza intelectual de la Burra, las intrigas de espía de folletín del Agente 375 y la servil lentitud del Dr. Inocencio Traspie, el 1 de abril de 2026, el destino de la justicia tucumana quedó sentenciado. Bajo la apariencia de progreso, se selló un pacto de silencio: una modernización diseñada, paradójicamente, para asegurar el atraso.

No buscaban la verdad, buscaban control. Mientras el Triunvirato del Espanto celebraba su pacto, los ciudadanos recorrían las naves de un palacio vacío de justicia. Allí, el poder ya no protegía a nadie: la ignorancia se había sentado en el trono y su gobierno era el peligro mismo.