El deporte tucumano, sin rumbo ni prioridad

La falta de planificación estatal, la gestión de Diego Erroz, el abandono a los atletas amateurs que deben autogestionarse y la necesidad urgente de que el Gobierno asuma al deporte como una verdadera política pública.

En Tucumán, el deporte ocupa un lugar importante en el discurso oficial, pero claramente no en la agenda real de gobierno. Se lo invoca como herramienta de inclusión, salud, formación y contención social, pero cuando se observa la acción concreta del Estado provincial aparece una realidad mucho menos ambiciosa: falta planificación, falta conducción, faltan respuestas y, sobre todo, falta decisión política para convertir al deporte en una verdadera política pública.

La Secretaría de Deportes existe, tiene funciones estratégicas y debería ser un área de fuerte protagonismo, pero en los hechos aparece desdibujada, sin peso propio y sin capacidad de ordenar un sistema que hace tiempo reclama rumbo.

Ese problema no es sólo de la Secretaría. Es, ante todo, una responsabilidad del Gobierno provincial porque si el área deportiva no conduce, no planifica, no articula con eficacia y no se convierte en referencia para clubes, asociaciones, federaciones y deportistas, eso no ocurre en el vacío: ocurre porque desde arriba no se la fortaleció ni se la colocó en el centro de la estrategia pública.

Una secretaría sin centralidad, sin herramientas visibles y sin iniciativa propia no expresa únicamente el fracaso de un funcionario; expresa la decisión de un gobierno que no prioriza al deporte como asunto estructural.

El caso de Campo Norte: una oportunidad perdida de planificación

El caso de Campo Norte es una muestra clarísima. Se trata de un espacio enorme, con un potencial extraordinario para el deporte amateur, la integración comunitaria y el desarrollo territorial. Cuando ese tema entró de lleno en la agenda del gobernador Osvaldo Jaldo, la discusión pública giró alrededor de la recuperación de tierras fiscales, el relevamiento dominial y el destino de un predio estratégico para la provincia. Pero en un debate donde la Secretaría de Deportes debería haber tenido voz central, capacidad de propuesta y liderazgo técnico, su presencia pública fue marginal.

Campo Norte entró en la agenda del gobernador, pero no en la centralidad política de la Secretaría.

Eso revela dos cosas: una Secretaría débil y un Gobierno que tampoco concibe al deporte como eje rector a la hora de pensar territorio, comunidad y espacio público.

Si el deporte fuera realmente una prioridad estatal, Campo Norte no sería sólo un conflicto de dominio o una discusión urbanística. Sería también una gran oportunidad para proyectar infraestructura deportiva, acceso comunitario y política pública de largo plazo. Sin embargo, lo que quedó a la vista fue otra cosa: el Gobierno actuó sobre el problema patrimonial y territorial, pero no logró mostrar una visión deportiva integral. Y esa omisión no es menor. Habla de un Estado que sigue mirando al deporte como complemento, no como dimensión estratégica del desarrollo provincial.

La gestión de Diego Erroz y el malestar de las instituciones

La propia designación de Diego Erroz también puede leerse en esa clave. Erroz, cordobés, ex futbolista y ligado a Atlético Tucumán, llegó primero como subsecretario y luego como secretario de Deportes. Su mérito visible para ocupar el cargo estuvo asociado a su recorrido en el fútbol y a su perfil público como ex jugador. Pero administrar la política deportiva de una provincia exige mucho más que haber pasado por una cancha: exige conocimiento del entramado institucional, comprensión del universo multideportivo, capacidad de gestión, criterio de planificación y autoridad para interactuar con un sistema complejo de clubes, asociaciones y federaciones. Cuando un gobierno designa para un área estratégica a alguien cuyo principal capital es simbólico-deportivo, y no una trayectoria probada en gestión integral del deporte, también está mostrando el lugar secundario que le asigna a esa política pública.

Y los resultados de esa mirada liviana o insuficiente aparecen rápido. Entre asociaciones, federaciones y presidentes de clubes circula desde hace tiempo un malestar persistente, aunque muchas veces expresado por lo bajo: que en la Secretaría no hay escucha real, que cuesta ser recibido, que los pedidos concretos no encuentran respuesta y que muchas veces el área funciona apenas como escribanía para trámites o autorizaciones formales de eventos. Incluso algunos dirigentes deslizan en privado una crítica todavía más dura: que el titular del área no conoce en profundidad la diversidad del universo deportivo que debería conducir. Más allá de que esas afirmaciones no siempre se hagan públicamente, el clima que describen es revelador.

Cuando el sistema deportivo no siente a la Secretaría como ámbito de referencia, lo que fracasa no es sólo una oficina: fracasa la presencia del Estado.

Deportistas en soledad: autogestión y becas insuficientes

Los deportistas también viven esa ausencia de prioridad. Formalmente, la Provincia «sostiene» convocatorias a becas deportivas y muestra acompañamiento en determinados eventos o delegaciones. Pero en la experiencia concreta de muchos atletas, lo que predomina es otra cosa: demoras, incertidumbre, escasa previsibilidad y una ayuda que muchas veces no llega a tiempo o directamente no llega. Son numerosos los casos de deportistas que terminan autogestionando sus viajes, sus competencias y parte de su preparación con ayuda de sus familias, rifas, aportes privados o esfuerzo personal.

Ese dato debería interpelar al Gobierno mucho más de lo que parece interpelarlo. Porque cuando un deportista tucumano depende más de su capacidad individual para reunir fondos que de una política pública eficiente, lo que queda en evidencia es la pasividad del Estado.

Una beca deportiva no puede ser sólo una convocatoria administrativa ni un gesto de acompañamiento simbólico. Tiene que ser una herramienta concreta, previsible y oportuna para permitir que el talento no quede condicionado por la situación económica, por la falta de contactos o por la capacidad de arreglarse como pueda. Sin embargo, en Tucumán demasiadas veces el deportista sigue dependiendo más de su entorno que del Estado provincial. Y eso no es una falla aislada: es la expresión de una política deportiva débil, secundaria y sin la urgencia que debería tener.

El Complejo Belgrano y la política de mantenimiento reactivo

El Complejo Belgrano es otro ejemplo contundente. En 2025 el Gobierno anunció un plan de recuperación del predio, con renovación de vestuarios y baños, mejoras generales, nuevas luminarias y refuncionalización de sectores clave. Luego avanzó una ampliación con nuevos espacios. Todo eso es positivo y debe reconocerse. Pero también deja expuesto algo incómodo: un activo deportivo central de la provincia, utilizado por cientos de deportistas y miles de estudiantes, había llegado a un punto tal que necesitó ser «recuperado». Es decir, en lugar de mostrar una política sostenida de mantenimiento y desarrollo, el Estado terminó interviniendo de manera reactiva, una vez que el deterioro ya era evidente. El Belgrano muestra obras, sí; pero también muestra cuánto tiempo el deporte estuvo administrado sin prioridad.

El problema de fondo, entonces, no es que no haya absolutamente nada. El problema es que lo que existe aparece disperso, tardío, insuficiente y sin una visión de conjunto. Hay actos, anuncios, recorridas, presencia institucional y algunas intervenciones valiosas. Pero no aparece una política deportiva provincial integral, con metas públicas, criterios transparentes, articulación real, financiamiento claro y resultados medibles. No aparece una decisión política firme de jerarquizar al deporte como una herramienta central para la vida social de Tucumán.

Y allí es donde la crítica debe dirigirse con claridad al Gobierno provincial. Porque la pasividad frente al deporte no siempre adopta la forma del abandono absoluto. A veces se expresa de manera más sutil: en designaciones sin espesor técnico suficiente, en áreas sin peso político, en secretarías que acompañan pero no conducen, en programas sin evaluación pública, en becas que llegan tarde, en deportistas que se autogestionan, en infraestructura que se repara recién cuando el deterioro es inocultable, y en agendas estratégicas donde el deporte aparece siempre como apéndice, nunca como motor.

Tucumán necesita otra cosa. Necesita un gobierno que entienda que el deporte no es un decorado ni una foto de ocasión. Que no se reduce a recibir delegaciones, entregar reconocimientos o acompañar eventos. El deporte es salud pública, prevención, formación, comunidad, inclusión, disciplina, identidad y desarrollo territorial. Requiere planificación, inversión, funcionarios capaces y una conducción política que lo asuma como prioridad real.

Hoy, lamentablemente, eso no ocurre. La Secretaría de Deportes aparece debilitada y sin liderazgo. Diego Erroz no logró consolidarse como conductor del sistema, por impericia o por incapacidad. Y el Gobierno provincial, lejos de corregir esa situación, parece administrarla con pasividad, conformándose con una presencia superficial allí donde debería construir política pública profunda.

El deporte tucumano no necesita una secretaría testimonial ni un gobierno que lo mire de reojo. Necesita conducción, decisión y prioridad. Todo eso, hasta ahora, sigue ausente. Porque, de seguir así, Tucumán terminará diciéndole a cada niño y niña que sueña con el deporte que nació en el lugar equivocado.