Del country al discurso popular: la doble vida de la política tucumana.

Resulta difícil creer que quienes viven rodeados de comodidades comprendan verdaderamente el drama de una familia que perdió todo en una inundación o de un trabajador que no llega a fin de mes (Imagen Ilustrativa con IA).

Hace décadas que Tucumán es administrada por una dirigencia que parece haber encontrado la fórmula perfecta para conservar el poder: hablar en nombre de los vecinos mientras se aleja cada vez más de ellos.

Los políticos eternos de la provincia construyeron una verdadera geografía del privilegio.

Mientras miles de tucumanos conviven con calles destruidas, inundaciones recurrentes, servicios deficientes y una economía que asfixia a las familias, buena parte de la clase dirigente eligió refugiarse en los countries, barrios cerrados y urbanizaciones exclusivas de Yerba Buena y sus alrededores.

Allí, detrás de muros, cámaras y seguridad privada, se desarrolla una realidad completamente distinta a la que enfrentan quienes los votan.

La distancia ya no es solamente geográfica. Es moral, política y social.

Los dirigentes recorren los barrios durante las campañas electorales, se sacan fotografías entre vecinos, prometen soluciones urgentes y juran conocer cada problema de la provincia. Pero una vez terminada la elección, regresan a una vida donde no existen las calles anegadas, los hospitales colapsados ni la inseguridad cotidiana que golpea a miles de tucumanos.

La política provincial parece haberse transformado en un club cerrado. Los mismos apellidos, los mismos funcionarios, los mismos privilegios y las mismas promesas incumplidas. Una estructura que se recicla elección tras elección mientras la provincia continúa acumulando problemas sin resolver.

Resulta difícil creer que quienes viven rodeados de comodidades comprendan verdaderamente el drama de una familia que perdió todo en una inundación o de un trabajador que no llega a fin de mes. Más difícil aún es aceptar que quienes llevan años ocupando cargos públicos continúen presentándose como la renovación de una provincia que no logran cambiar.

La casta política tucumana habla del pueblo, pero no vive como el pueblo.

Dice representar a los vecinos, pero cada vez se parece menos a ellos. Y mientras el poder se concentra en círculos cada vez más reducidos y exclusivos, la distancia entre los gobernantes y la realidad crece hasta transformarse en un abismo.

La Dirección Provincial del Agua ejecutó sumas ínfimas en obras hídricas entre 2023 y 2025. «La plata está, pero no va a las obras».

Tal vez allí se encuentre una de las explicaciones del deterioro institucional que vive Tucumán: una dirigencia que aprendió a ganar elecciones, pero olvidó cómo escuchar a la sociedad.

Una clase política que se acostumbró a administrar el poder desde la comodidad de sus privilegios mientras la provincia espera, una vez más, respuestas que nunca llegan.