Apenas un desgraciado personaje. Adorni, buscando un recoveco salvador en LN+ para explicar su situación personal y judicial, dejó esa impresión.
No se sabe cómo puede terminar el juicio que se viene, pero sí queda claro que Adorni será toda la vida para la opinión pública un chorro de cuarta, un infeliz, porque nada de lo que dijo le sirve a la gente que entiende perfectamente lo que ha pasado.
No es que se lo cuenten, no es que lo ponen en los títulos de los diarios mafiosos: es que lo vio, lo palpó, lo entiende.
Ni siquiera la propia gente de su partido puede acompañarlo, pero además verlo convertirse en una víctima—justamente Adorni, un victimario hasta de las personas con discapacidad—provoca repulsión.
Las tonterías con las que pretendió justificarse son propias del que te patea en el piso y cuando queda expuesto pide clemencia. Es sencillamente inútil discutir también sus argumentos; ninguno cuaja, todo es burdo.
Salir en tele para comportarse como un idiota, sabiendo de antemano cuál será su inevitable papel, fue una idiotez más, un exabrupto contra la moral de cualquier ciudadano, aún si se trata de un ciudadano pecador.
Lo único que alivia el papel de Adorni es que son iguales o peores sus compinches, sus cómplices, sus encubridores: Menem, Milei, la hermana, Caputo—una banda infame, un grupo de desarrapados morales que se dan el lujo, junto a Macri y Clarín, de tenerla presa a Cristina Fernández de Kirchner.
Fin.




