Redacción Central de La Pluma Viral.
El Santo no es una comuna rural ni una herramienta electoral. La bronca de los hinchas expone una discusión que va más allá del fútbol: ¿quiénes utilizan la pasión popular para construir poder y quiénes se hacen cargo cuando llegan los problemas?
San Martín de Tucumán es mucho más que un club de fútbol.
Es una pasión popular, una identidad que atraviesa generaciones y un sentimiento que moviliza a miles de tucumanos. Por eso, cuando la política ingresa en la vida institucional de una entidad deportiva, la discusión deja de ser un asunto menor y se convierte en una cuestión que merece explicaciones.

Una publicación que circula en las redes sociales, atribuida a un hincha identificado como Mateo Zelarayan, lanzó un duro cuestionamiento: «Me tienen podrido usando al club para la política y dejando a miles de hinchas tirados. ¡El Santo no es una comuna rural!».
El mensaje es contundente y pone sobre la mesa una pregunta incómoda para quienes vinculan su imagen pública con la institución: ¿el club está al servicio de sus hinchas o se pretende convertirlo en una plataforma para intereses políticos?
DARÍO MONTEROS, EN EL CENTRO DE LAS CRÍTICAS
La imagen difundida apunta directamente contra Darío Monteros, dirigente político tucumano, con una frase de alto voltaje: «¡Darío Monteros, hiciste mierda San Martín en tiempo récord! ¡Lo dejaste peor que Lamadrid!».
Se trata de una acusación expresada en una pieza de contenido político. Sin embargo, su difusión refleja el nivel de confrontación que puede generar la percepción de que la política partidaria se mezcla con la vida de un club que pertenece a toda su comunidad.
EL SANTO NO ES UNA COMUNA, NI UN COMITÉ POLÍTICO
San Martín no puede ser tratado como una estructura subordinada a los intereses de ningún dirigente.
Un club con semejante arraigo popular necesita autonomía institucional, conducción responsable y decisiones orientadas al bienestar de sus socios. La pasión de miles de hinchas no debería convertirse en capital político para nadie.
El problema aparece cuando las figuras públicas ocupan el centro de la escena, mientras los simpatizantes sienten que sus reclamos quedan relegados. En ese escenario, la desconfianza crece y las explicaciones dejan de ser una opción para convertirse en una obligación.
La camiseta es del hincha. La historia es de sus socios. Y ninguna figura política debería confundir su protagonismo personal con la representación de todo San Martín.
¿Y LOS HINCHAS? ¿QUIÉN RESPONDE POR ELLOS?
La publicación también cuestiona que miles de simpatizantes queden «tirados». Esa expresión resume una sensación de abandono que merece ser atendida, aunque para dimensionarla sea necesario conocer los hechos concretos que motivaron el reclamo.
Los hinchas no son espectadores de una disputa de poder: son quienes sostienen la identidad del club, llenan las tribunas y mantienen viva una historia que trasciende a cualquier gestión.
¿Cuál es la situación institucional de San Martín?, ¿qué decisiones provocaron el malestar?, ¿qué participación tuvieron los dirigentes involucrados y qué explicaciones ofrecieron?
No alcanza con fotografías, apariciones públicas ni mensajes de ocasión. Cuando existen cuestionamientos, la transparencia y la rendición de cuentas son indispensables.
LA PASIÓN POPULAR NO PUEDE SER UN ESCUDO POLÍTICO
En Tucumán, el fútbol y la política suelen cruzarse. Pero una cosa es acompañar una institución deportiva y otra muy distinta es utilizar su popularidad como una herramienta de posicionamiento personal.
Ningún dirigente está por encima del club. Ninguna construcción política puede justificar que se ignoren las preocupaciones de los socios. Y ninguna figura pública debería pretender que la pasión de una hinchada se traduzca automáticamente en respaldo político.
El reclamo que se expresa en esta publicación abre una discusión necesaria sobre los límites entre el deporte y el poder. Para que esa discusión no quede en una consigna viral, también deben aparecer los datos, los hechos y las respuestas de los involucrados.
San Martín no necesita dueños políticos ni salvadores de ocasión. Necesita dirigentes que rindan cuentas, decisiones transparentes y respeto por una hinchada que no le pertenece a ningún partido.
Porque el Santo es de su gente. Y cuando la política entra en la cancha, los hinchas tienen derecho a preguntar quién juega para el club y quién juega para sí mismo.




