Si una fuerza política necesita refugiarse en un garage o en un ambiente reducido para realizar una reunión y luego mostrar imágenes cerradas como si se tratara de un acto multitudinario, el mensaje parece ser más elocuente que cualquier discurso.
En las últimas horas, Mario Leito encabezó un encuentro en un espacio de dimensiones muy reducidas. La elección del lugar despertó todo tipo de especulaciones:
¿Se trató de una decisión para reducir costos o de una estrategia para que las cámaras, con planos cerrados, transmitieran una sensación de mayor concurrencia?
En política, la puesta en escena puede servir durante unos minutos, pero difícilmente reemplace el respaldo genuino de la gente. Un salón pequeño, mesas ajustadas y fotografías tomadas desde ángulos cuidadosamente elegidos pueden construir una imagen, pero no necesariamente reflejan la realidad del acompañamiento político.
Los cuestionamientos sobre la capacidad de convocatoria del dirigente vuelven a instalarse.

Sus críticos sostienen que las reuniones reducidas evidencian un desgaste que ya no puede ocultarse con recursos audiovisuales ni con publicaciones en redes sociales.
Porque cuando la militancia escasea, ningún garage alcanza para disimular el vacío político.
Y cuando las imágenes necesitan más estrategia que participación, la verdadera noticia deja de ser el discurso y pasa a ser la escasa convocatoria.




