
La administración municipal Najar maneja multimillonarios fondos oscuros bajo el paraguas de subsidios y beneficencia, sin rastro oficial ni rendición transparente que explique el destino del dinero de los contribuyentes. La caja negra de fondos públicos que los Najar disfrazan de caridad.
Mientras los vecinos de Las Talitas hacen malabares para llegar a fin de mes y sufren las falencias cotidianas de la ciudad, los despachos oficiales operan bajo un manto de absoluta oscuridad.

En la mira se encuentra el poder territorial del clan Najar, con Carlos Najar y la intendenta Marta Isabel Najar, bajo cuya gestión se articulan presupuestos millonarios que escapan al escrutinio público.
El foco del escándalo apunta directamente a una cifra escandalosa que no es menor: $2.420.000.000 (dos mil cuatrocientos veinte millones de pesos) destinados formalmente a los ítems de «Subsidios y Beneficencia» dentro del Presupuesto municipal. Una masa de recursos colosal que, lejos de contar con un desglose claro y accesible para la ciudadanía, se esfuma en los laberintos de la burocracia municipal sin que ninguna página oficial detalle con nombre, apellido y comprobante a dónde va a parar la plata de los impuestos.

La oscuridad como metodología
El modus operandi institucional evidencia una falta total de transparencia. El documento presupuestario expone cómo partidas hipermillonarias se manejan con absoluta discrecionalidad.
¿Ayuda social real o cajas negras de la política feudal?
La pregunta cae por su propio peso cuando los canales institucionales de información se transforman en una zona liberada de controles. No estamos hablando de monedas, sino de 2.400 millones de pesos que deberían traducirse en soluciones concretas para los talitenses y que, sin embargo, alimentan las sospechas de un manejo patrimonialista del Estado.

El sol sale solo para los Najar
Mientras los despachos oficiales llenas sus cuentas con los millonarios fondos reservados, las calles de Las Talitas hunden literalmente a sus vecinos en el barro, el abandono y la desidia estructural. Con cada lluvia, los barrios se transforman en una trampa de intransitables lodazales y cráteres imposibles de esquivar, donde la promesa del asfalto suena a burla y la maquinaria municipal brilla por su ausencia.
Es la postal cotidiana de una gestión que recauda a cielo abierto pero condena a los contribuyentes a caminar a los tropezones, marginados del progreso y rehenes de la más absoluta indiferencia institucional.

La dinastía familiar instalada en el poder convirtió las cuentas públicas en un terreno privado, donde el contribuyente paga a ciegas y el poder administra sin rendir cuentas. La exigencia ciudadana ya no es un favor, es un grito desesperado de supervivencia institucional: transparencia radical, auditorías externas y luz sobre el manejo de una chequera municipal que parece financiamiento exclusivo de los intereses del clan, y no de las necesidades del pueblo.




