
¡Argentina! ¡Argentina!… se escucha a los lejos el eco de un festejo de gol… luego, el viento murmura igual que siempre en el Valle Calchaquí, bajando por las laderas donde la niebla del Aconquija y de los cerros tucumanos se enreda en los árboles como un fantasma viejo.
Allá afuera, hablan de odio los que siembran vientos desde torres de cristal, los que agitan carpetazos y escupen catástrofes prefabricadas contra este rincón del mundo celeste y blanco.
Hoy, esa inmundicia mutó de formato: se esconde detrás de la cloaca digital, de ejércitos de influencers y de algoritmos que recompensan el agravio sistemático. Descubrieron dónde queda nuestro país hace unos días y ya repiten, con la obsecuencia del «like» y la reproducción fácil, que somos el peor lugar de la Tierra.
Es la nueva era del desprecio en las pantallas, donde se banca al colonizador y se aplaude al imperio con tal de sumar visualizaciones, reproduciendo consignas vacías que buscan deshumanizarnos para que, cuando vengan a terminar de saquearnos, a nadie le importe.

Algoritmos descubriendo Argentina
Pero detrás de tanta infamia virtual no hay desvelo por el hombre, sino el miedo reseco de los desprestigiados ante un pueblo que guarda en los huesos la memoria terca de su propia dignidad. Para entender este agravio hay que volver la vista hacia adentro, a esa grieta vieja que duele en el alma del argentino.
Lo supo ver con honda tristeza, -a ese ser tucumano y argentino-, Víctor Massuh cuando hablaba de la escisión que nos desgarra: de un lado, el temor asustadizo a lo propio, ese encierro con olor a tierra vieja que desconfía de todo viento nuevo; del otro, la obsecuencia achacosa que mendiga espejitos de colores en los centros lejanos, creyendo que cualquier sombra importada vale más que el sol de nuestra propia historia.

«Detrás del énfasis autóctono se esconde, con frecuencia, el simple temor a lo nuevo; detrás de la opción europeísta, un afán repetitivo. Europa ha dejado, sencillamente, de ser el eje de la historia universal… Menos se justifica, entonces, la admiración bobalicona y obsecuente”. Afirma el Tucumano, Víctor Massuh en su libro “La Argentina como sentimiento”
Los mandaderos de afuera cuentan siempre con esclavos de adentro, esos de alma achicada que aplauden cada cachetada que viene de la otra latitud —ya sea en un set de televisión o en la viralidad de las redes—, felices de sentirse extranjeros en su propia patria. Nos quieren convencer de que somos un despojo, un fantasma errante al borde del abismo. Esa vieja maña de hacerle creer al gigante que sus piernas de barro no pueden sostenerlo, dice Doña Olga mientras ceba su mate.

Pero la Argentina es esa mezcla loca de alta combustión, santo y profano a la vez, donde la calle más larga, el dulce de leche y la birome conviven con la catástrofe y la gloria. Del éxtasis a la agonía oscila nuestro historial, capaces de lo mejor y de lo peor con la misma facilidad, pero siempre latiendo “al palo”, como diría Bersuit Vergarabat.
La Argentina no se entrega en los papeles ni en el algoritmo de turno; vive en el silencio tenaz de su gente, en la costumbre antigua de levantarse de entre las ruinas y volver a empezar cuando ya no queda nada, igual que los montes tucumanos que emergen limpios después que la neblina se disipa contra el cielo. Como quería el filósofo Víctor Massuh, es hora de sacudirse el miedo y la imitación servil para buscar esa universalidad honda que no reniega del surco ni le pide permiso a nadie.

Que sigan ladrando los amos del desprecio y los mercaderes de la bronca virtual.
Las sombras pasan por la Cordillera de los Andes, el polvo del Aconquija vuelve a su sitio y el crujido se escucha hasta Mar del Plata. El pueblo argentino de la Scaloneta, Gardel, Messi, Tato, Brandoni, Maradona, Borges, Sarmiento, Belgrano, Alberdi, Charly, Discepolo y etc., camina día a día, con su dolor y su alegría, sigue escribiendo su destino, a contramano y a golpe de pincel, en un mural callejero dibujado por Quino.




