GUM de Yerba Buena: seguridad trucha y mafia municipal.

Pablo Macchiarola INTENDENTE de Yerba Buena. Imagen representativa en la cual se ve al intendente pisar a los vecinos. La Guardia Urbana Municipal (GUM), patrulla… con la Constitución de adorno y la coima en la guantera

Por la Redacción Central La Pluma Viral

Hay lugares donde la ficción se queda corta frente a la cruda y patética realidad de los feudos municipales. En Yerba Buena, esa burbuja donde algunos se creen los reyes del mambo, la seguridad no es un derecho: es un negocio.

Mientras los vecinos hacen malabares para esquivar los motoarrebatos y rezan para llegar enteros a fin de mes, la famosa Guardia Urbana Municipal (GUM) opera bajo una lógica digna de una comisaría de película de terror de serie B.

La jefa del círculo, Ileana Dulout —una funcionaria que lleva años atornillada en los distintos despachos oficiales y que ahora nos vende un relato de eficiencia digno de ciencia ficción— se llena la boca hablando de «prevención» y de la «seguridad que hacemos entre todos». Pero la calle, esa que no sale en los powerpoints de la municipalidad, cuenta una historia infinitamente más oscura.

Patota con chapa trucha

Porque hablemos claro.

¿Qué es la GUM hoy?

En los papeles, un cuerpo de prevención urbana. En la práctica, una patota con uniforme que actúa en una peligrosa zona gris, sin estado policial, sin los controles de una fuerza federal y con una impunidad que asusta.

«PONETE CON 200 LUCAS, Y AQUI NO PASO NADA»

A los muchachos no les alcanza con manotear multas o hacer gestos de autoridad berreta.

No. Las denuncias de los vecinos apuntan a lo peor: apremios ilegales, violencia física y el viejo y querido apriete criollo. Te paran, te encierran, te inventan una falta y, si querés seguir viaje sin pasar un mal momento, aparece la mano invisible… pero dispuesta a recibir billetes. El famoso «cohecho» convertido en política municipal de recaudación exprés.

Lo más grave de todo es que mientras los ciudadanos sufren abusos de autoridad y golpizas dignas de patovicas desatados, la supersecretaria Dulout mira para otro lado. O peor aún: avala el sistema.

Prefiere seguir pidiendo presupuesto, más personal y hasta chichecitos caros como las pistolas Taser —que la Ciudad de Buenos Aires usa con respaldo de una policía formal, pero que acá quieren repartir como caramelos a un ejército de agentes municipales sin ley— antes que sanear la mugre interna.

El feudo de la impunidad. Macchiarola y Argiro promoviendo la GUM

Aquí nadie se hace cargo de nada. El exintendente Mariano Campero armó la estructura como un sello de distinción marketinera, y su sucesor, Pablo Macchiarola, heredó el sillón y la complicidad de mantener el Kiosco en marcha. El relato oficial dice que todo avanza; la realidad es que la GUM se convirtió en una policía paralela, descontrolada, que asfixia al vecino honrado en lugar de cuidarlo.

Quieren ser policía pero sin rendir cuentas ante nadie. Quieren portar armas y decidir quién pasa y quién no, pero cuando se descubren los apremios y las coimas, la respuesta oficial es el silencio o el blindaje corporativo.

Concejal de Yerba Buena Argiro, entregando armas y uniformes GUM

Yerba Buena se convirtió en un sainete trágico donde la ley es opcional y los ciudadanos están a merced de una patota municipal con uniforme. Si la «seguridad la hacemos entre todos», como pregona el eslogan oficial, habrá que avisarle a la señora secretaria que el único negocio que están haciendo entre gallos y medianoche es pisotear los derechos humanos de los vecinos.

Así estamos. Con hombre del GUM parecen recaudadores de mafia y funcionarios que aplauden mientras el estado de derecho se desmorona en la tierra de los lapachos.