
El reciente pedido de quiebra de la histórica cooperativa láctea SanCor expuso una problemática que atraviesa a diversos sectores del entramado productivo nacional. A principios de año, la caída de Alimentos Refrigerados —encargada de producir postres y yogures de la línea SanCor— profundizó la crisis de una entidad con 87 años de trayectoria. La empresa pasó de procesar cuatro millones de litros de leche diarios a solo 500 mil, y de emplear a más de 4.000 trabajadores a menos de 1.000, acumulando además severos atrasos salariales.

Este caso se enmarca en un contexto macroeconómico complejo.
De acuerdo con los datos publicados por la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (SRT) y analizados por el centro de estudios Fundar, desde el inicio de la actual gestión gubernamental se registró el cierre de más de 24.000 empresas.
Solo durante el mes de enero desaparecieron casi 2.000 firmas, abarcando a 14 de los 19 sectores económicos en la gran mayoría de las provincias del país. Más allá del impacto en el nivel de empleo, la salida del mercado de estas compañías advierte sobre la pérdida de empresas proveedoras únicas en su tipo, lo que obliga a la industria local a depender de la importación de insumos básicos.

El golpe a la soberanía tecnológica y energética.
Uno de los casos más representativos es el de la Fábrica Argentina de Porcelanas Armanino (FAPA). Tras operar desde 1938 en la localidad bonaerense de Monte Grande, la empresa anunció su cierre, marcando la desaparición de la única fabricante de aisladores eléctricos de porcelana a nivel nacional. La planta abastecía el 70% del consumo local, siendo un proveedor indispensable para distribuidoras como Edesur y Edenor. Frente a esta situación, el Gobierno dispuso la suspensión temporal de los aranceles antidumping para facilitar la importación de estos componentes críticos para la prevención de fallas en la red eléctrica.
En el ámbito tecnológico e industrial, el cierre de la planta de Whirlpool en Pilar significó un claro retroceso para el sector de línea blanca. Inaugurada en 2022 con tecnología de «Industria 4.0», la fábrica contaba con capacidad exportadora y procesos automatizados que fueron desactivados a finales del año pasado para pasar a un modelo de importación desde Brasil. Una situación similar atravesó FATE, la única empresa de neumáticos de capitales íntegramente argentinos. Con su paralización en San Fernando, el país perdió un centro de desarrollo de ingeniería en caucho que operaba desde 1940, dejando el mercado sujeto a las firmas multinacionales y asiáticas.
El impacto en las economías regionales y la cadena de suministros
El cese de actividades también golpeó fuertemente a los polos productivos del interior del país. En el norte argentino, la empresa tucumana PanPack, dedicada a la fabricación de envases plásticos de alta complejidad, cerró sus puertas. La firma proveía a gigantes de la industria alimenticia y química, por lo que su salida del mercado afectó directamente la cadena de suministro de productos de exportación, que ahora deben buscar certificaciones y normativas de seguridad en envases del exterior.
A este panorama regional se suma el cierre de la planta de la empresa AkzoNobel (dueña de la marca Alba) en San Luis, especializada en resinas para pinturas industriales, y el fin de las operaciones de la planta de conservas Canale en la localidad pampeana de Realicó, que funcionaba como el principal motor agroindustrial de la zona.
Vacío en la manufactura especializada
La crisis se extendió además hacia sectores de alta especificidad técnica. En el Parque Industrial de Pilar, la multinacional Magnera cesó la producción de materiales no tejidos de alta performance, desabasteciendo a los fabricantes locales de artículos de higiene personal (como pañales y toallas femeninas) y de uso médico. Por su parte, Acerías Berisso dejó un vacío irremplazable para las pymes metalmecánicas que dependían de sus fundiciones a medida, un segmento operativo que no suele ser cubierto por las grandes siderúrgicas como Tenaris o Aluar.
Finalmente, la industria de los electrodomésticos y el calzado también perdieron proveedores estratégicos de proximidad. El cierre de Eitar eliminó la producción local de dispositivos de seguridad para artefactos a gas (como termoválvulas y robinetes), obligando a marcas tradicionales a importar el «cerebro» de estufas y cocinas, restando flexibilidad para adaptar los productos a las normas locales. En tanto, la cordobesa Gomas Gaspar, una de las pocas fábricas orientadas al desarrollo de matrices para suelas de calzado urbano y deportivo, dejó de operar, forzando a la industria nacional a depender de los compuestos provenientes de Brasil o China.



