

Imaginemos por un segundo un experimento macabro: una
país habitado única y exclusivamente por abogados. No lo inventé yo. Lo dijo Juan Bautista Alberdi hace más de cien años. El mismo Alberdi que nació en Tucumán hace 215 años y que hoy, si viera lo que hicieron con su provincia, se volvería a morir del espanto.

Miren a Tucumán. Miren la Corte Suprema local. Miren el Colegio de Abogados. ¿Qué hay ahí adentro? Un vacío despampanante. Corporaciones encerradas en sus acuarios de cristales blindados.
En el Colegio de Abogados de Tucumán hay a una dirigencia enquistada en su sede como si la casa fuera de su propiedad exclusiva. Les encantan las fiestitas, los canapés, el champagne y sacarle el polvo al busto de Alberdi una vez al año para la foto de ocasión. Pura cosmética. Cero debates, cero defensas de hombres y mujeres que gestionan los tribunales, -o las OGAS-, todos los días y, por supuesto, cero ganas de incomodar al poder. Son un club de amigos administrando sus propios privilegios.

La “mano” que encastra las piezas de la justicia
Y al lado, caminando por el mismo pasillo, está la Corte Suprema tucumana. Un fuero que tiene el descrédito social más que merecido. La gente no cree en la Justicia tucumana. ¿Y saben qué? Tienen toda la razón del mundo. Los expedientes avanzan o se frenan según el cliente o los intereses de turno, mientras a “Fulano” le venden el cuento de la «tutela judicial».
Esto no es solo un problema de prestigio; es un freno de mano al desarrollo. ¿Qué inversor con dos dedos de frente va a poner un peso en una provincia donde las reglas cambian según cómo se levantó el vocal de la Corte Suprema, el juez de turno o el Director de la OGA?. Lo explicaron los Nobel de Economía, Acemoglu y Robinson: los países se van a la quiebra cuando sus instituciones son débiles. Tucumán es el manual perfecto de eso.
Hacer cumplir un contrato es una odisea, la imprevisibilidad impositiva es la norma y los tribunales se convirtieron en un casino donde siempre gana la casa.

Algunos abogados y abogadas parecen tristes leguleyos atrapados en el formulario, incapaces de resolver lo importante.
Cuando los dirigentes se atornillan a los cargos y convierten a las instituciones en su quinta privada, el final de la película siempre es el mismo: el colapso. La abogacía de Tucumán tiene que despertar, dejar la zona de confort y empezar a exigir a su gremio que actué y a los jueces que se ubiquen a la altura del dolor de la gente.



