
Allá en Tucumán, el dinero no corre como el agua que baja de las cumbres, sino que se va como el humo del tabaco, sin dejar más rastro que un olor a quemado en las cuentas de los pueblos.
Dicen los que saben, o los que todavía tienen ojos para ver entre tanto polvo, que de las cajas de las municipalidades se han ido miles de millones de pesos, así, en purito efectivo, como si el viento se los llevara de la ventanilla de los bancos.
En La Banda del Río Salí, cuentan que el tiempo se mide por cheques. Entre enero del 23 y junio del 24, se esfumaron más de diecisiete mil millones. Los que mandaban decían que era para pagarle a gente que no tiene ni nombre ni cuenta, para que no hubiera ruidos ni pleitos.
Pero el ruido quedó ahí, sordo, rebotando en los paredones viejos. Mientras los changuitos, descalzos y con los ojos llenos de tierra, miraban pasar las camionetas polarizadas, los billetes salían por montones, a veces de a trescientos millones en un solo día, justo cuando los políticos andaban buscando que la gente volviera a creer en ellos para las elecciones.
Más allá, donde los cerros empiezan a apretarse contra el cielo, en Famaillá, la historia se repite como un eco. Otros once mil millones se hicieron nada. Hay unos Melizos, que han mandado ahí desde que se tiene memoria. El changuito cañero y su mama veían como firmaban y firmaban esos cheques de a setenta, de a cien millones.
Los gauchos, esos hombres de silencio, pasaban de largo montados en sus zulqui, mascando su desconfianza frente a los edificios de la intendencia donde la plata volaba sin que a nadie se le ocurriera preguntar para qué servía tanto papel. Dicen que las curvas del dinero subían y bajaban al ritmo de las urnas, como si la política fuera una sed que solo se apacigua con la plata del pueblo.
Y en Monteros y en Lules, lo mismo. Al pie del gigante Aconquija, donde la nieve eterna parece mirar con desprecio las bajezas de los hombres, los fondos llegaban de la Provincia o de fideicomisos que nadie entiende bien. Y en cuanto aterrizaban en la cuenta, ya los estaban sacando por ventanilla. Los hijos heredando los cargos de los padres, los tesoreros firmando en serie, y el pueblo esperando que alguna vez la justicia se asome por estos rumbos, tan lejanos de todo.
Pero la justicia aquí parece un camino que se borra con la primera llovizna. Dicen que hay un fiscal, de nombre Rafael Vehils Ruiz, que prefiere no ver, con los ojos fijos en el suelo para no toparse con la verdad.

Un gaucho viejo, de esos que tienen el cuero curtido por el sol del Aconquija y el alma llena de silencios, se cansó de ver cómo se llevaban lo ajeno. Se bajó del zulqui, se acomodó la bombacha y, con la voz ronca de tanto mascar injusticias, puso la denuncia ante el Procurador General de la Nación.
Dice el Gaucho que, hasta el changuito de 5 añitos, vio que el fiscal cerró los ojos ante el robo y el lavado, dejando que la investigación se muriera de hambre en un cajón, como un animal sin pasto. Él pide en la ciudad del Obelisco y Gardel que lo quiten, que traigan a alguien que no tenga miedo de escarbar en este cementerio de fondos públicos antes de que el viento se termine de llevar lo poco que queda para repartir entre los 1.800.000 de pobres almas habitantes de Tucumán.

Así están las cosas por Tucumán. Mucha plata que sale, mucha gente que firma, y un silencio que pesa más que la tierra, mientras los que tienen que cuidar el dinero se olvidan de que el Aconquija sigue ahí, mudo testigo de todo, y que al final, a todos nos alcanza el olvido, pero a algunos los alcanza primero la vergüenza.




