

…Dicen que en Tucumán el aire no corre, se estanca como el agua en los bajos, y que los hombres han aprendido a hablar bajito, no sea que el viento lleve el chisme a oídos que no debe…
Ahora en Tucumán la lluvia no moja; lo que cae del cielo son papeles blancos que traen el frío de la tumba. Son las cartas documento, las llaman «el aviso del patrón», que llegan antes que el sol para decirle a uno que su boca ya no le pertenece.
—Mire, don, —decía un gaucho mientras veía un sobre amarillear bajo la puerta—, antes te mandaban al matón, ahora te mandan la firma de un juez en un papel que pesa más que una condena. Es una amenaza que no grita, pero te va secando la voluntad por dentro.
Cuentan que en esta tierra de cañaverales amargos, investigar es como mentar al diablo en la iglesia. El que mete la nariz donde el poder guarda sus muertos, recibe el latigazo de la ley convertido en intimidación. Dicen que no se desangra el que se retracta, pero aquí el que investiga se vuelve un aparecido, alguien al que le cierran los caminos con sellos y membretes.
Y luego están los muchachos que hablan a través de esas cajitas de luz, las que llaman “celulares”, los que creen que el aire es libre porque vuela por el éter. A esos, el poder les manda el rayo en mitad de la noche.
Los periódicos digitales, que antes volaban como aves de noticia, ahora tienen las alas empapadas de un barro que no los deja subir.
—Entraron sin pedir permiso, —murmuraba la comadre que vio el allanamiento de un muchacho que solo decía verdades por su cuenta. Le dieron vuelta el rancho, le quitaron sus aparatos como si le arrancaran los ojos, es una violencia que no necesita sangre para dejarte muerto en vida.

Hasta las palomas han cambiado de oficio. Ya no traen mensajes de amor, sino que vuelan bajo, con el buche lleno de silencios mandados a hacer.
—¿Vio ese pájaro que cruza el cañaveral? —preguntó un gaucho de a pie. —No canta, don. Lleva en el pico una orden judicial que prohíbe hasta el suspiro.
Aquí las aves ya no pertenecen al cielo, pertenecen al Patron de Tucuman, y el que intenta volar más alto que el látigo, termina con el nido allanado y la voz enterrada en el cementerio de la palabra.
Cae la lluvia sobre Tucumán y el agua va por una calle de un silencio largo. Los periodistas digitales son ahora como esos pajaros que solo el poder domestica: o repiten la verdad del amo o se quedan sin aire para batir las alas.
Tucumán se ha vuelto un pueblo de ánimas donde la libertad es apenas un recuerdo que el sol de la siesta va borrando. El allanamiento es el nuevo modo de sembrar pánico. No se buscan pruebas, se busca el silencio que se queda después por largo tiempo. Es un espectáculo de fuerza para que el vecino aprenda que es mejor mirar al suelo y el influencer entienda que en el «Jardín de la República» solo florece lo que el Patrón riega con su venia.
—¿No siente usted ese olor a pólvora y a tinta vieja? —preguntaba un gaucho que venía de Benjamín Paz. —Es el olor de la justicia que se volvió jauría. Aquí el que tiene el sello tiene el mando, y el que tiene la palabra tiene el miedo pegado a los talones.
Cae la noche sobre el azúcar y las cartas documento siguen llegando, silenciosas como búhos de mal agüero, marcando a fuego quién puede hablar y quién debe ser borrado de la memoria de los vivos. En este pueblo Tucumano de ánimas caídas, la libertad es una flor que se marchita antes de abrir, aplastada por el peso de un papel que dice que la verdad es un delito.
Cae la lluvia sobre Tucumán y el agua va por una calle de un silencio largo. Los periódicos mueren en la orilla del camino y la libertad es apenas un recuerdo que el sol de la siesta va borrando.

Surcos de Mordaza y Bozal – Crónica de la Censura bajo el Cañaveral
Dicen unos gauchos de a pie que en Tucumán la tierra es generosa, pero lo que brota de ella ahora es un silencio que pesa. Un silencio que no es falta de ruido, sino un vacío mandado a hacer. Allá arriba, donde se asientan los que mandan, las palabras se han vuelto peligrosas, como si al decirlas uno se estuviera cavando su propia fosa entre los surcos del azúcar.
Comentan los vecinos que a don Gustavo Olarte y a los suyos les han echado encima un «bozal». Seis meses, dicen, para que no se les escape ni un suspiro sobre los señores fiscales. Es una orden que viene de un juzgado, pero que se siente en la garganta de todos.

Prohibido hablar de agravios, prohibido decir que la justicia tiene ojos, prohibido decir la verdad:…que la justicia solo mira para un lado. A Doña Themis le sacaron la venda, puso la firma: el miedo puso el resto.
FOPEA grita, pero el grito se pierde en los cerros, donde nadie quiere oír.
Luego está la historia del Dr. Gustavo Morales. Dicen que lo agarraron un 27 de febrero 2025 y lo llevaron a Benjamín Paz. Allí, donde el tiempo no corre, se arrastra. Dicen que le siguen prendiendo la luz para que no sepa cuándo es de noche y para que el sueño se le muera antes de nacer.
Cuentan que al Dr. Morales le han quitado el habla por seis años. Se pregunta un gaucho de a pie sin no será que esa es una sentencia que ordena estar muerto en vida, porque un hombre que no puede nombrar a sus verdugos ya es sombra.
Doña Diputada Soledad Molinuevo también anda quejándose:
– ¿cómo es que el patrón sabe lo que va a decir el juez antes que nadie? -.
Un changuito al que la maestra le ha enseñado el Martin Fierro y sabe que hay que hacerse amigo del juez, le responde “murmurando”:
-Doña Soledad hable despacito. ¿Que no sabía que en estos llanos la respuesta se sabe de sobra?… yo he visto que aquí el Patrón y el poder es uno solo y tiene muchas manos. Con una mano firma la ley, con la otra mano la guarda, y con otra mano le tapa la boca al que se atreve a preguntar-.
El Gobernador Osvaldo Jaldo, dicen que, desde su silla alta se ríe solito, parece que le causa gracia la carne ajena y también dicen que, -como si fuera un deporte favorito-, le gusta ver a los vecinos mirar al suelo.

A Tucumán le han convertido en un pueblo de ánimas donde la libertad es apenas un recuerdo que el sol de la siesta va borrando, murmura Doña Magda mientras camina rumbo al cementerio cargando flores.
Una maestra jubilada comentaba en la fila del banco:
-en este suelo, el que tiene dinero, -tal vez-, tiene la palabra, y el que no tiene dinero, no tiene nada, solo el silencio.-.
Cae la lluvia sobre Tucumán, “tampoco hace ruido”, será para que no quiera que la reten. El agua va por una calle de un silencio largo, como un camino que no lleva a ninguna parte. El miedo se respira en cada esquina del cementerio de la palabra. Así es la vida en este Tucumán que hoy sufre la amargura de la poca caña de azúcar que le va quedando, donde la zafra ya no es de dulce, sino de mordazas por que, el que se atreve a hablar, se condena; y el que calla, se va desangrando por dentro.
Pero la tierra sabia guarda el eco de lo que se calla.
Mientras los espías y el monitoreo permanente custodian los palacios y el miedo patrulla las esquinas de Tucumán, la verdad sobrevive en el murmullo de quienes se niegan a morir por dentro, … “hablan bajito”. Dice Doña Magda a su hija mientras chupan caña:
-hoy la caña es amarga y el azúcar escasea.-…Silencio, nos miran…, bajemos la cabeza. Hay que” conversar más despacito”-.



