Sergio Denis: La doctrina judicial del “Pozo Ciego”

Sergio Denis, yace moribundo tras su caída de tres metros del escenario del Teatro Mercedes Sosa. Los jueces tucumanos Acosta y Casas resolvieron rebuscadamente que se “autopuso en peligro”, que sucedió un resbalón, un accidente inevitable, por culpa exclusiva del cantante ya que ningún reglamento exigía medidas de seguridad. El colmo del absurdo tucumano en donde la Justicia culpa de tirarse (como si se suicidara) y morir en un pozo, a la víctima.
Por Dra. Myriam Costilla Duyck

Hay fallos que no solo indignan por su resultado, sino por la brutalidad conceptual con la que están escritos. Lo que acaba de firmar la Sala I de la Cámara en lo Contencioso Administrativo de Tucumán —con la firma de los jueces María Florencia Casas y Juan Ricardo Acosta— no es solo un papelón jurídico; es una muestra gratis de cómo la burocracia estatal puede militar la insensibilidad para lavarse las manos y en este caso volver a matar al talentoso Sergio Denis.

Para la Jueza Florencia Casas, Sergio Denis “se autopuso en peligro”, es decir, se tropezó, como a cualquiera le ocurre en la vida. En este caso, fue la vida del gran Sergio.

A ver, pasemos en limpio la historia. 11 de marzo de 2019. Teatro Mercedes Sosa, un espacio del Estado provincial. Sergio Denis está arriba del escenario cantando Te llamo para despedirme. Camina por una pasarela, da unos pasos de espaldas interactuando con la gente y cae al vacío en un pozo negro de tres metros de profundidad. Fosa de orquesta abierta, destapada, sin una red de contención. Resultado: trauma de cráneo, agonía, catorce meses en coma y la muerte.

Para el Juez Juan Ricardo Acosta, Sergio Denis fue un imprudente (debía mirar el suelo y actuar al mismo tiempo).

Siete años después, ¿qué dice la Justicia? Agárrense. Dice que la culpa fue del artista. Que incurrió en una «autopuesta en peligro» por actuar de manera «impetuosa e impredecible». O sea: para la mirada técnica y fría de los jueces tucumanos, un artista contratado para dar un show musical tiene que estar haciendo el cálculo métrico del piso mientras canta, en lugar de confiar en que la sala donde lo metieron cumple con los estándares mínimos de seguridad.

El legislador Mario Leito –también presidente del Club Atlético Tucumán-, y el Presidente de ATSA (demandado) Rene Ramírez, -momentos antes del accidente junto a Sergio Denis-, sin responsabilidades.

Exigirle prudencia de agrimensor a un cantante en pleno clímax escénico para salvarle el pellejo al administrador del teatro Raúl Armisen, quien según las crónicas consultadas sentencio (como si adivinara el futuro): -fue un resbalón. Impecable.

La fosa por la que cae Sergio Denis, según los jueces Acosta y Casas si no hay un papel firmado que diga «prohibido dejar un agujero de tres metros sin tapar», la culpa es del que se cae.

Pero el argumento insólito no termina ahí. Los jueces sostienen que, como en Tucumán no había una «reglamentación explícita» que obligara a poner redes en las fosas, el teatro no violó nada. Es la trampa del positivismo bobo: si no hay un papel firmado que diga «prohibido dejar un agujero de tres metros sin tapar», la culpa es del que se cae. El deber básico de no dañar a nadie (alterum non laedere) lo borraron de la jurisprudencia.

Bajo esa lógica, si no hay un cartel que diga «no deje cables pelados en una pileta», la culpa es del que se electrocuta por no mirar.

La foto comprueba que Sergio Denis no sufrió un resbalón.

Y para rematar la faena, la frutilla del postre. No solo le dicen a la familia que la culpa fue de Denis, sino que les imponen las costas del juicio. Sí, leíste bien: los deudos no solo tuvieron que llevar sobre las espaldas la muerte absurda de un ser querido, sino que ahora el Estado les manda la cuenta por haber tenido la osadía de reclamar justicia.

Este fallo no es técnico; es desalmado. Es la Justicia usando la máquina de escribir para proteger la negligencia estatal, eximir a los funcionarios de turno como Raúl Armisén y culpar al Sergio Denis que terminó en un ataúd por confiar en un escenario tucumano.

Un monumento al absurdo que demuestra que, a veces, la justicia solo sirve para tapar la falta de sentido común y de humanidad.