
Por Redacción Central La Pluma Viral
Mientras los ciudadanos comunes hacen malabares para llegar a fin de mes, pagan sus impuestos y sufren la desidia de una provincia que cruje por los cuatro costados, en los despachos oficiales del Ministerio de Seguridad parece haber sintonizado un canal exclusivo de telenovela turca, pero con fondos públicos.
La trama tiene todos los ingredientes de la peor casta política: amiguismo, prontuarios vacíos y, por si fuera poco, un aparente chantaje marital que paraliza a los popes del poder.

El Subsecretario del Servicio Penitenciario, el doctor Sebastián Tula Rizo. Según algunos, un hombre de corazón blando.
En el centro de la escena aparece el subsecretario del Servicio Penitenciario, el doctor Sebastián Tula Rizo. Un funcionario que, al parecer, entiende el organigrama del Estado más como una agencia de juego sentimental que como un área clave para la seguridad de los tucumanos.

Presentando una disertante en el Instituto, Fátima Giménez. Algunos la llaman “La cenicienta del penal” por ser empleada rasa y pasar a directora sin escalas.
¿La protagonista de este cuento de hadas subvencionado por el erario público?
La oficial principal Fátima Jiménez. Una empleada de bajo rango, sin antecedentes relevantes, sin el currículum necesario y con menos pergaminos que un recién nacido, de repente pegó el salto cuántico institucional. De la noche a la mañana, gracias al mágico toque de la dedocracia penitenciaria, fue designada nada menos que como directora del Instituto de Formación del Servicio Penitenciario.
Sí, leyó bien.
Una persona sin la formación, la trayectoria ni los galones exigidos para semejante responsabilidad puesta a formar a quienes deben custodiar el orden y la ley. ¿Cuál era el único requisito excluyente para semejante ascenso meteórico? Sencillo: ser muy “amiga” del subsecretario.

El grito en el cielo del Ministerio de Seguridad. Eugenio Agüero Gamboa en incómoda situación.
Pero claro, el sainete se puso espeso. Cuentan los pasillos del ministerio que el propio ministro de Seguridad —a quien el escándalo le cayó como baldazo de agua fría— se enteró de la designación sin los antecedentes necesarios. Con los pelos de punta y oliendo el tendal político, dio la orden tajante: afuera. Hay que sacarla antes de que esto explote en los medios.

En redes sociales Alcaida Fátima Giménez. Cuando la realidad supera a la ficción.
Cuando a la flamante «directora» le notificaron que tenía las horas contadas en el cargo, no recurrió a argumentos legales ni a la defensa gremial. Optó por el método más efectivo. Fátima Jiménez, lejos de acatar la orden del ministro, miró fijo al subsecretario Tula Rizo y le cantó retruco. La advertencia fue cristalina y digna de un culebrón de medianoche: si la eyectan del cargo, ella se encarga de ir a contar secretos, promesas y devaneos… muchos de ellos nocturnos, ósea que enciende el ventilador.

¿Ministro Agüero Gamboa, tiene poder suficiente para que su orden se cumpla?
Resultado de la pulseada: El ministro ordena removerla, pero el subsecretario tiembla, traga saliva y frena todo. El nombramiento sigue firme, el cargo se sostiene y la institución penitenciaria convertida en un aguantadero de cenicientas.
Mientras tanto, los institutos de formación debieran ser el faro de la profesionalización y la decencia institucional, no el enclave de un funcionario que le teme más a la llamada de su esposa que a la justicia o a la decencia republicana.
Con los dineros del pueblo no se juega ni siquiera al amor.



