
Los gritos de gol llegan desde distintos puntos del paraje, pero nunca se transforman en un abrazo colectivo. Se escuchan detrás de los árboles, cruzan los alambrados y se pierden entre las casas dispersas de Puesto Nuevo. Durante unos segundos parece que todo el pueblo celebra junto. Sin embargo, cuando la euforia termina, cada familia vuelve a quedar del otro lado del aislamiento.
El camino que alguna vez unió al paraje quedó hundido tras el temporal de marzo y, desde entonces, el Mundial 2026 también se vive con las limitaciones que impone el aislamiento, pero con la esperanza de que ayude a visibilizar un problema que los vecinos denuncian desde hace más de tres décadas.

El pequeño paraje rural de La Cocha todavía intenta recuperarse de una de las peores tormentas de su historia reciente.
Las lluvias socavaron el camino vecinal y lo dejaron varios metros por debajo del nivel de las viviendas. Para entrar o salir, las familias deben atravesar campos privados y pedir autorización a sus propietarios.
Muchas personas decidieron marcharse.
Las que permanecen resisten entre caminos precarios, servicios deficientes y la incertidumbre de no saber cuándo llegará una solución definitiva.
En ese escenario, el Mundial aparece como un respiro. Durante noventa minutos, las preocupaciones parecen quedar suspendidas. Sin embargo, apenas termina el partido, la realidad vuelve a imponerse.
“Lo vivimos del paro para el infarto. Ya nos infartó la lluvia y cada día que vemos el camino es un infarto más”, resumió Antonia Gutiérrez, una de las vecinas de Puesto Nuevo. Aun así, asegura que la Copa del Mundo les devolvió una pequeña ilusión. “El Mundial trae una leve esperanza, de tratar de que se nos visibilice, de que gracias a esa Selección también las autoridades recorran el interior y vengan a visitarnos”, expresó.
Años de abandono
A pocos metros de su casa, el camino desaparece abruptamente. Donde antes circulaban vehículos, hoy hay un profundo corte sobre la tierra. En algunos sectores, el desnivel alcanza entre cuatro y cinco metros. El agua también dejó expuestas cañerías, debilitó los terrenos y aceleró un problema que, según los vecinos, lleva décadas sin resolverse.
Más que promesas, los habitantes reclaman dignidad. “Queremos vivir en condiciones decentes. Tener un camino transitable, acceso a un camino vecinal y agua como corresponde, no un caño expuesto que en cualquier momento puede romperse. Eso también es salud”, sostuvo mientras enumeraba las necesidades cotidianas con las que conviven desde hace años.
Las consecuencias del temporal agravaron un problema que, según los vecinos, comenzó mucho antes. Antonia asegura que desde mediados de la década de 1990 vienen reclamando obras para evitar el avance de la erosión y proteger al pueblo.



