Tucumán sin DDHH: Estado ausente tortura presente.

La Secretaría de Derechos Humanos como cáscara vacía: Un vacío institucional que fomenta la impunidad en Tucumán que hace pensar en una Zona liberada más que en una gestión ausente.

Por Redacción Central La Pluma Viral – Informe exclusivo

En Tucumán, el Estado dejó de funcionar donde más se lo necesita. La Secretaría de Derechos Humanos, ese edificio que debería ser el último refugio frente al abuso, hoy no es más que una cáscara vacía.

Con la salida de Mario Racedo y su subsecretario, Pablo Vega Coronel, el área quedó completamente acéfala y descabezada.

¿Alguien se dio cuenta? Aparentemente, a los que deberían estar gritando, no.

Resulta, por decir lo menos, escandaloso: las organizaciones de derechos humanos, que hicieron un despliegue de comunicados y aplausos para despedir a la gestión saliente, hoy están mudas. Ante la acefalía más grave en una provincia que arrastra casos de violencia institucional dignos de un manual de horror, el silencio de los organismos es un mensaje claro.

¿Memoria de hace 50 años? Sí, claro. ¿Justicia por el pibe que mataron en una comisaría ayer? Parece que eso no entra en la agenda de esta «memoria selectiva».

La acefalía no es un problema de tarjetas personales en un ministerio; es la desprotección absoluta del ciudadano común, se cortaron los hilos de trámites críticos, mediaciones y el seguimiento de causas de lesa humanidad han quedado en el limbo. Además “Chau, asesoramiento” a las víctimas de violencia de género y los sectores más pobres, que dependían de psicólogos y trabajadores sociales gratuitos, hoy están solos frente a la selva.

Finalmente se propicia una Zona liberada: Sin un ente estatal que medie o denuncie, los abusos de autoridad y la violencia institucional ocurren con total impunidad.

Tucumán funciona como un gueto, no como una provincia y esta observada por Naciones Unidas ya que, en la 83 sesión de la Comisión Internacional de lucha Contra La Tortura, esta emitió un informe lapidario sobre la situación de Tucumán que da vergüenza, asunto del cual la gestión saliente de Mario Racedo nunca se encargó. A este descalabro y vacío se suman las ínfulas de un jefe de policía que coquetea con la política un gabinete sostenido por una estructura podrida y corrupta que no permite avanzar.

La pregunta es obligada: ¿Hasta cuándo va a durar esta acefalía? ¿Es este vacío una estrategia para mantener la impunidad y seguir tapando el ruido de las torturas en las comisarías?

¿Es difícil encontrar reemplazante?, ¿nadie quiere ocupar un lugar tan incómodo?, no se encuentra al sínico perfecto?

Mientras el Estado mira para otro lado, la tortura en democracia dejó de ser una sospecha para convertirse en moneda corriente en las comisarías y cárceles tucumanas.

Que se entienda bien: el silencio de quienes debían proteger los derechos humanos, frente a una provincia que se desangra, no es negligencia; es complicidad pura con el verdugo.