100 años Colegio de Abogados, fiesta sin vergüenza.

Mientras la Justicia tucumana agoniza en terapia intensiva, intervenida por la política y vaciada de garantías, el Colegio decidió que lo mejor era ponerse a brindar.

El Colegio de Abogados de Tucumán cumplió un siglo. Cien años de historia que, en cualquier lugar del mundo civilizado, serían un motivo de orgullo institucional. Pero acá no. Acá, el centenario se festejó con el cinismo propio de quien ya no tiene nada que ocultar porque siente que tiene al poder bajo su ala. Al parecer la fiesta fue perfectamente organizada salvo por un detalle, olvidaron invitar a todos los abogados y abogadas.

Mientras el poder avanza desmantelando fueros y atropellando el Estado de Derecho, en la calle Congreso la única ley que se aplicó fue la de «no te olvides de invitar al funcionario de turno».

No nos tomemos por estúpidos: en Tucumán, nada es gratis.

Ese despliegue de lujo en la «Cena Institucional» no fue un acto de camaradería; fue una puesta en escena. La pregunta, que hoy debería estar en la tapa de todos los diarios —si es que alguno se anima a despegarse del discurso oficial—, es: ¿quién puso la tarasca y qué se cobró a cambio?

El CAT ¿Brinda por qué? ¿Por la independencia judicial que entregaron en bandeja? ¿Por la complicidad con el Ejecutivo? ¿Festejo o el banquete del «te pago el favor»?

Es una coreografía clásica de la casta: mientras el Colegio calla ante las reformas regresivas y el desguace del sistema judicial, se arman comilonas donde los protagonistas son los mismos que deberían estar siendo fiscalizados por los abogados.

¿Es un agasajo o es la rendición de cuentas de un negocio que ya está cerrado?

El silencio ante el avance de la Legislatura sobre las garantías constitucionales no es casualidad; es la prueba de que el Colegio dejó de ser el escudo de los abogados para convertirse en el felpudo del poder político.

La abogada Myriam Costilla, en un acto de dignidad que parece extrañar en los pasillos de Tribunales, puso el dedo en la llaga. ¿Quién pagó la fiesta? ¿Fue la cuota de los matriculados, esa misma que pagamos todos mientras nos ningunean? ¿O hubo «donaciones» de esos funcionarios que hoy necesitan que el Colegio les valide cualquier mamarracho legal?

El Presidente del Colegio de Abogados de Tucumán el Mediador Alberto López Domínguez y su consejo directivo parecen vivir en un universo paralelo. Mientras el abogado de a pie lucha contra una Justicia lenta, sorda y politizada, ellos se aseguran de que no falte ni una copa en la mesa de los poderosos.

¿Dónde quedó la defensa de la abogacía? ¿Dónde quedó el contrapeso? Se cambió por un canapé y una foto en la mesa principal. Solo para nombrar un caso más grave que se haya conocido en democracia, -hay otros casos-, se destaca el caso del abogado Gustavo Morales quien no puede hablar y por ello está sometido a tortura psicológica (tortura técnica) y el CAT que “conduce” López Dominguez que no tiene mordaza, no dice nada al respecto, “debiendo y estando obligado a hacerlo”, porque, aunque prefiera las fiestas el gremio de los abogados existe para defender a sus socios y también a la Republica.

El centenario de la vergüenza. La abogacía es una función social al servicio del Derecho y de la Justicia». Una frase que luce impecable en los vidrios del Colegio, pero que parece quedar solo ahí, en la fachada. Mientras se prioriza la estética, la gestión de López Domínguez sigue ausente en la defensa real de los colegas. ¿Cuándo pasaremos de la placa de vidrio a la acción gremial.

Hoy, el Colegio de Abogados de Tucumán es una cáscara vacía. Una institución centenaria que, en su momento de mayor gloria histórica, eligió la decadencia de la genuflexión. La legitimidad no se compra con eventos pomposos ni se garantiza con discursos vacíos; la legitimidad se gana defendiendo al colegiado, no siendo el engranaje decorativo de un sistema que desprecia la ley.

La Abogada Myriam Costilla les dio 48 horas para que emitan informe detallado de la fiesta. Tic-tac. El tiempo corre.

Pero, seamos sinceros: la respuesta importa poco. Ya vimos la foto, ya vimos quiénes estaban sentados en la mesa y ya entendimos quiénes se reparten la torta. En el CAT, hace rato que la independencia se cambió por un lugar en la mesa del poder.

Salud, señores!. La Justicia puede esperar, pero el brindis no.