Jubilados VIP en Tucumán (video).

Las imágenes difundidas reavivan una polémica que, lejos de apagarse, sigue generando indignación pública: el régimen de las denominadas «jubilaciones VIP» y la ausencia de explicaciones convincentes sobre quiénes fueron beneficiados, quiénes firmaron los expedientes y quiénes controlaron el proceso.

Por un decreto de Cristina Kirchner hubo tucumanos que lograron el 82% móvil.

Durante la entrevista, Ricardo Véliz lanzó definiciones demoledoras:

«Nadie rindió cuentas»

 

«Premiaron a los mejores alumnos». Miguel Chaiben Terraf, Marcelo Vidal.

Frases que sintetizan una sospecha que persiste desde hace años: la existencia de privilegios reservados para unos pocos mientras miles de ciudadanos deben atravesar interminables trámites y requisitos.

La gravedad del planteo no radica solamente en los beneficios otorgados, sino en la aparente falta de transparencia. Si los mecanismos utilizados fueron legales y legítimos, ¿por qué todavía existen tantas dudas? ¿Por qué la sociedad continúa reclamando respuestas? ¿Quiénes fueron los responsables políticos y administrativos de un sistema que terminó bajo cuestionamiento público?

El problema trasciende los nombres propios. Lo que está en discusión es la igualdad ante la ley. Cuando determinados sectores parecen acceder a ventajas excepcionales, mientras el ciudadano común enfrenta reglas mucho más estrictas, la confianza en las instituciones se erosiona de manera inevitable.

Las declaraciones difundidas vuelven a poner sobre la mesa una demanda elemental en cualquier república: rendición de cuentas. Porque cuando el dinero público, los beneficios estatales o los privilegios previsionales quedan envueltos en sospechas, el silencio no despeja dudas; las multiplica.

Y mientras las respuestas siguen sin aparecer con claridad, una pregunta continúa resonando con fuerza: ¿hubo verdaderamente justicia e igualdad para todos, o existió un sistema diseñado para favorecer a una minoría privilegiada? La sociedad todavía espera una explicación convincente.

‘Esto fue firmada por Diego Bossio y José Alperovich, esta acta complementaria que firmó el presidente de la nación y fue ratificada por Cristina en el año 2014′

‘La presentación de los dos gremios de tribunal de cuentas solicitan que si esta aberración jurídica es correcta la hagan extensiva a todo el tribunal de cuentas y por supuesto a las otras 23 provincias que van a demandar este beneficio’

¿Quién controla a los controladores?

Mientras el Tribunal de Cuentas de Tucumán analiza las finanzas provinciales y se presenta como el organismo encargado de velar por la transparencia en el manejo de los recursos públicos, vuelve a surgir una pregunta incómoda:

¿Qué tan confiables fueron sus auditorías en el pasado?

Diversos sectores cuestionan el rol que tuvo el organismo en el control de programas de obra pública que, años después, quedaron bajo una fuerte controversia política y judicial. Las críticas apuntan especialmente a la falta de observaciones sobre proyectos que, según denuncias y cuestionamientos públicos, habrían presentado diferencias entre lo certificado y lo efectivamente ejecutado.

Los interrogantes también alcanzan a las adendas y modificaciones contractuales que beneficiaron a determinados actores vinculados a la obra pública. Para los críticos, el problema no es solamente el destino de los fondos, sino la aparente ausencia de alertas tempranas por parte de quienes tenían la obligación legal de controlar.

Si el Tribunal de Cuentas certificó que las obras estaban ejecutadas conforme a los expedientes, pero años después surgen dudas sobre su concreción real, la discusión ya no es únicamente sobre los contratistas. También es sobre la eficacia del sistema de control.

Porque cuando los organismos encargados de auditar validan cada papel, cada certificación y cada desembolso, la responsabilidad institucional no desaparece. Por el contrario, se vuelve aún más relevante.

La sociedad tucumana tiene derecho a conocer qué controles se realizaron, qué observaciones se formularon y qué explicaciones existen frente a las críticas que hoy resurgen. En una provincia golpeada por décadas de sospechas sobre el manejo de los recursos públicos, la transparencia no puede ser una declaración de principios: debe ser una práctica verificable.

La pregunta sigue vigente: ¿el Tribunal de Cuentas fue un guardián eficiente de los fondos públicos o un mero espectador administrativo de decisiones que nunca cuestionó?