
Mientras los ciudadanos de Tucumán caminan con el código penal bajo el brazo esperando que alguien, alguna vez, haga cumplir la ley, el Ministerio Público Fiscal (MPF) parece haber confundido su organigrama con el guion de un reality show de baja estofa o la cartelera de un cabaret de mala muerte.
Sexo, Poder y Pasillos
La reciente denuncia de M.B. no solo expone un calvario de violencia doméstica, sino que corre el velo de una realidad institucional putrefacta. Según el relato de la víctima, su ahora expareja, el abogado Hugo Gonzalo Guerra, no fue eyectado de su cargo de Auxiliar Fiscal por una brillante interpretación jurídica, sino por haber sido descubierto manteniendo “relaciones sexuales con una compañera en pleno espacio laboral”.

La obra maestra de George Orwell: Gran Hermano. El experimento social de disciplinamiento, control y monitoreo absoluto de las personas. El sueño dorado de encumbradas figuras de los poderes del estado provincial de Tucumán se habría cumplido por obra de Edmundo Jesús Jiménez, titular del Ministerio Publico Fiscal que tendría cámaras ocultas hasta en los baños públicos.
Sí, leyó bien. Mientras las causas se amontonan y las víctimas esperan respuestas, en las oficinas que deberían garantizar la legalidad, el personal parece estar más ocupado en «el intercambio de fluidos» que en el despacho de expedientes. El MPF se ha transformado en una casa de “Gran Hermano” donde la ética profesional brilla por su ausencia y las oficinas se usan de búnker para el desenfreno.
Cámaras, Control y «La Bombonera»
Pero el escándalo no termina en las sábanas de los despachos. La impunidad con la que se manejan estos «hombres de ley» incluye un sistema de control que roza lo cinematográfico. Guerra, el autoproclamado «abanderado de las falsas denuncias», ostentaba sus contactos de poder para amedrentar a su mujer, asegurando que cualquier denuncia en su contra terminaría archivada gracias a sus «amigos jueces y fiscales».

Extractos del Lagajo N° 732 /2026
Incluso más siniestro es el uso de términos como «la Bombonera», un lugar al que amenazaba con enviar a la víctima. En un organismo donde el control es absoluto —y donde la sospecha de cámaras hasta en los baños para vigilar lealtades
o comportamientos «depilados» parece no ser una paranoia sino una extensión de la conducta de sus agentes—, el MPF se erige como un panóptico del morbo.
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Por la mañana es funcionario; y a la tarde defensor del abogado Hugo Gonzalo Guerra.

Antonio Bustamante Subinterventor de Caja Popupar de Ahorro y también defensor en causa – Extractos del Lagajo N° 732 /2026 de un profesional violento, agresivo, virósico e infiel.

Un Cabaret de Impunidad
Es alarmante que un sujeto con antecedentes de alcoholismo, detenciones por contravenciones y adicción al juego haya formado parte de la estructura jerárquica de la fiscalía. ¿Qué clase de filtros utiliza el Ministerio para reclutar a sus funcionarios? ¿O es que acaso el perfil de «violento con ínfulas de impunidad» es un requisito para el ascenso?

La Justicia de Tucumán hoy no huele a incienso ni a libros viejos; huele a escándalo de pasillo y a encubrimiento mutuo.
Si el MPF va a seguir funcionando como un cabaret donde el decoro es una mala palabra, al menos tengan la decencia de colocar un cartel en la puerta:




