

…Dicen que en Tucumán el aire no corre, se estanca como el agua en los bajos, y que los hombres han aprendido a hablar bajito, no sea que el viento lleve el chisme a oídos que no debe…
Hacía calor en Tucumán, se sentía una humedad de esa que se le pega a uno al cuerpo como un pecado viejo. Me senté en la plaza un miércoles, justo frente a la Casa de Gobierno, y saqué de la mochila los papeles que traían el sello de las Naciones Unidas.
—¿Qué lee, joven? —me preguntó un jubilado, de esos que llevan cincuenta años reuniéndose los miércoles en Plaza Independencia, arrastrando el alma para reclamar por sus miserias. El Don caminaba como si le pesara la propia sombra.
—Traigo un informe —le dije—. El de la 83.ª sesión del Comité contra la Tortura. Dice que en estos cerros las cosas no han cambiado mucho en medio siglo. Dice que las comisarías son las «tumbas del siglo XXI».
El anciano soltó una risa que sonó a hojas muertas.
—No hacía falta que los de afuera escribieran tanto —dijo—. Aquí sabemos que las paredes de la Comisaría Primera y de la Quinta y etc. tienen oídos, y que las manos de los que cuidan se vuelven pesadas por la pura costumbre. Aquí los informes se los lleva el aire que no se puede respirar.
Le mostré las letras que hablaban de violación a derecho humanos, «condiciones inhumanas» y operativos en Banda del Río Salí donde a la gente la usaron como rastrojo.
El papel decía, con palabras muy pulcras, que el Estado se hace el sordo y que la tortura en esta provincia es una enfermedad que no quiere curarse.
Me dijo:—Aquí el «trencito» no es para pasear, joven. Son esas caravanas que entran en los barrios pobres para llevarse a cualquiera, hasta a los chicos, sin que ningún juez firme nada. Les dicen «operativos preventivos», pero huelen a razzia vieja.
—Mire lo que dice aquí, Don —le señalé—: que a cincuenta años del inicio de la dictadura, la impunidad camina por la calle 25 de Mayo, mientras los jueces miran para otro lado y el Mecanismo de Prevención grita por los valles sin ser escuchado.
—Es que el miedo no se jubila —respondió el viejo jubilado, volviendo la vista hacia el Aconquija—. Esos papeles dicen la verdad, pero aquí la verdad es como un fantasma: todos saben que está, pero nadie quiere invitarla a comer. Dice el Comité que hay «violencia institucional», ¿no? Eso en quichua quiere decir que el que tiene el palo se olvida de que el otro es su hermano.
Le conté del Dr. Gustavo Morales, al que llaman el primer preso político de esta democracia fallida, al que lo encerraron en Benjamín Paz, esa cárcel que ya nació con olor a encierro de veintitrés horas. El jubilado asintió despacio.
—Fíjese bien, joven —me dijo el anciano, señalando con el dedo un charco de agua de tanta lluvia en el pueblo—: La tortura psicológica en Tucumán tiene nombres propios. Ahí está lo de Don Gustavo Olarte. A él le cayó encima el juez con un «bozal legal», una mordaza de seis meses para que nadie en su multimedio se atreviera a decir una palabra que incomodara a los fiscales o a los jueces. ¿Dicen que es por «incitación a la violencia simbólica» ?, pero en quichua eso no es más que miedo a que la verdad asome la cabeza.
Es una censura previa que te va taladrando el juicio, haciéndole sentir que cada palabra que diga es una sentencia de desobediencia judicial.
—Y lo de Morales… eso ya es ensañamiento. Si le dieron seis años de silencio. Seis años sin poder nombrar a los poderosos!. Es una muerte civil, joven. Lo sacaron del hospital en silla de ruedas, dopado y esposado, para exhibirlo como un trofeo de caza, mientras por dentro lo quebraban prohibiéndole ser quien es: un hombre que habla.
—¿Y lo de Doña Soledad Molinuevo? Creo que eso, más que censura, es violencia de género —dijo el anciano mirando a la estatua de la Libertad de Lola Mora.

—¿Sabe, Don, cómo notifican ahora el miedo? —le pregunté sintiendo un escalofrío— y también le respondí: Usan a las palomas como cartas documento. Mandan el aviso por el aire para que todos sepan que ni en el cielo estás a salvo. Es la tortura de la incertidumbre.

El viejo se levantó despacio y se sacudió el polvo.
—Palomas mensajeras del espanto… —susurró—. Difunda, joven , tal como pido Naciones Unidas. Pero sepa que aquí, a medio siglo de que empezara el espanto, los murmullos de los que sufren hoy se mezclan con los de los que desaparecieron antes. Son el mismo eco. Los de la ONU escriben con tinta, pero nosotros aquí escribimos con el cuerpo.
—¿Sabe qué es lo más triste, joven? —me dijo el jubilado antes de irse—. Que aquí hasta el aire tiene dueño. Usan la ley como un lazo de cuero para cerrar bocas. Ahora hasta mandan el miedo por el aire, usando palomas como si fueran carteros del holocausto, para que usted sepa que ni en el cielo se esta a salvo de la mirada persecutora.
Me quedé solo en la plaza. El viento sopló de repente, un aire con olor a tierra vieja, y una de las hojas de la ONU salió volando hacia la calle 25 de Mayo. En ese papel iba escrita la recomendación de investigar las torturas y las muertes que los jueces prefieren no mirar para no encontrarse con la verdad.
En este Tucumán de tierra húmeda por tanto llover y silencios largos, los papeles de las Naciones Unidas no son más que un eco que rebota contra las paredes de las comisarías y se pudren en la cárcel. El silencio aquí no es paz; es el ruido de una mordaza que se aprieta cada día un poco más. Pero allá en el fondo, donde el aire ya no alcanza, esa misma mordaza anida un grito de libertad y un fin de la opresión que tiene el peso de cincuenta años. Es un grito de LIBERTAD que aguarda, -como los muertos que no descansan-, a que alguien finalmente los deje salir.
Sigo en la plaza Independencia esperando. Se que llegará el día en que se cumpla la poesía que retumba en la MEMORIA desde 1816 y anida en nuestros corazones tucumanos:

¡OÍD, MORTALES, EL GRITO SAGRADO: LIBERTAD, LIBERTAD, LIBERTAD!



