Los muertos de siempre.

Kevin Samuel Rueda fallecido el 29 de Agosto de 2026 a la edad de 21 años, en ocasión de robo. La Pluma Viral hace llegar sus respetos a los familiares del joven tucumano.
Por Dra. Myriam Costilla Duyck

Otra vez la misma puesta en escena. Frente a las cámaras y a una maraña de micrófonos, Osvaldo Jaldo se desgarra las vestiduras. Exige que los acusados «se pudran en la cárcel» y flamea la bandera del castigo ejemplar tras el trágico asesinato de Kevin Samuel Rueda, un joven cadete de apenas 21 años.

Osvaldo Jaldo junto al jefe de Policía conferencia en relación al homicidio de Kevin Rueda. Detengámonos un segundo. ¿De verdad les importa la tragedia de Kevin, o su muerte es solo un trofeo conveniente para el monólogo matutino?

Que un mandatario sugiera archivar las garantías constitucionales o presione a los jueces al calor del momento no es firmeza: es populismo punitivo de manual. Ante la pobreza estructural de esta provincia, la muerte de Kevin era trágicamente inevitable. Y lo más grave es que su desgracia pudo haber sido la de cualquier lector.

Representación gráfica del crimen organizado

En realidad, el relato oficial esquiva el fondo del asunto. El verdadero problema no es solo cómo se castiga el delito cuando la sangre ya corrió, sino quiénes pavimentaron el camino para que el crimen organizado sea la única Pyme próspera en barrios enteros.

Representación gráfica del control social

Ahí está la hipocresía. Predican la doctrina de la mano dura ante los micrófonos mientras administran la miseria.

Las estructuras del poder provincial convirtieron la indigencia en un engranaje sistemático, en donde la miseria crónica en el Gran San Miguel no es un accidente ni una impericia económica. Es un método de control social. Un vecino sumido en la vulnerabilidad es un rehén del puntero, un eslabón dependiente de la dádiva oficial y sin margen para cuestionar los abusos.

Prometen una provincia «libre de drogas», pero las economías ilegales ocuparon cada centímetro que el Estado abandonó.

El narco no prospera en el vacío; crece con la mirada complaciente —o la complicidad directa— de sectores de la seguridad y la política que se alimentan de esa caja negra.

Representación gráfica de la corrupción

La paradoja roza lo indignante. Dirigentes que llevan décadas ocupando sillones oficiales, manejando presupuestos millonarios y tejiendo alianzas de poder, hoy se paran frente al espejo como si recién llegaran a la provincia. Piden las penas máximas para los eslabones más débiles de la cadena, pero guardan un silencio sepulcral sobre las redes de corrupción institucional que permiten que la droga entre, se distribuya y financie la propia política.

La «firmeza» ante los micrófonos busca tapar la responsabilidad estructural de una clase dirigente que transformó la adicción y la falta de futuro en una herramienta de dominación.

Mientras no se rompa esa matriz donde la necesidad financia la impunidad y la impunidad paga las campañas, el circo va a continuar. Nos seguirán vendiendo discursos de mano dura a la mañana, mientras por la noche siguen cobrando el peaje del negocio. Y en el medio, los mismos de siempre, poniendo los muertos.
Por lo menos, así lo veo yo.