El clima político y mediático en Argentina da cuenta de un nuevo capítulo de repudio público que ha trascendido lo habitual. Esta vez el blanco es Guillermo Moreno, exsecretario de Comercio Interior durante el kirchnerismo, sobre quien la Corte Suprema dejó firme dos condenas por delitos vinculados a amenazas, peculado y manipulación de datos. (Podés leer:¨Moreno fuera del juego político: la Corte ratifica su inhabilitación¨.
Ante ese fallo, Mario Pergolini no se guardó nada. En sus declaraciones señaló que “ese pelotudo ahora recibió condena de Corte Suprema, dos, no una”. Según el conductor, Moreno merecía el castigo “por patotero, por mal tipo, por no tener nada para decir algo”. Y remató con una frase que no suele verse en el ámbito político-mediático: “Lo odio”.
Pergolini además afirmó haber sido testigo directo de las acciones de Moreno: “Por imbéciles como él, casi esto no sale y lo recuerdo muy bien. Fui testigo, nadie me la contó y sé cómo fue todo”. En su mirada, Moreno operó con impunidad: “Iba diciendo: ‘Porque yo puedo hablar’”, y modificó las mediciones del INDEC a su antojo.
Este episodio resonó por varios motivos. Primero, porque une condena judicial con señal pública de repudio desde un influencer mediático potente. Segundo, porque se suma al clima de exigencia de mayor transparencia institucional y rendición de cuentas. Y tercero, porque abre interrogantes sobre el rol que figuras del poder pasado aún operan en la esfera política o mediática.
Renegar de Moreno —y que lo haga alguien como Pergolini— no es solo un acto simbólico: es un llamado de atención para la dirigencia actual. Porque si figuras del pasado con fuerte controversia como esta siguen generando impacto, se filtra una pregunta incómoda: ¿cuánto de ese pasado permanece activo en las estructuras de poder actuales?
En definitiva, la condena de la Corte no fue solo un fallo judicial. Se transformó en altavoz de un cambio social que exige que los que estuvieron al frente rindan cuentas. Y que aquellos que callaron, como Pergolini dice: *no volverán a quedarse quietos.




