

Bienvenidos a Tucumán, la sucursal del medioevo instalada a “ponchazos” en el norte argentino. Acá las leyes se festejan entre gallos y medianoche con bombos y platillos, los gobernantes se llenan la boca hablando de «vanguardia» y seguridad frente a los micrófonos amigos, pero la realidad duele en las tripas, pisa el barro y destroza la cara sin piedad.

Osvaldo Jaldo con Susana Montaldo de Educación. Recuerda usted aquel funcionario que alguna vez dijo: …me quiero ir!
El Gobernador Osvaldo Jaldo salió a inflar el pecho en modo comparsa, diciendo que la provincia está «lista» para aplicar la baja en la edad de imputabilidad.
¡Una tomada de pelo cósmica, una infamia insoportable!
Nos venden el buzón del correo argentino de que hay infraestructura de primer nivel, mientras, ajustan las tuercas de un sistema perverso que viola todos los derechos humanos habidos y por haber.

El propio Ministro de Desarrollo Social, Federico Masso encargándose de llevar a los changuitos a sus celdas. Tarea que efectúa complacientemente. Jamás imagino tener tanto poder. Ningún gobierno le dio tanta rienda suelta, pese a ser severamente cuestionado y nunca auditado.
¿Qué hacen con los menores? Nos arman un depósito humano, una carrocería de descartables. ¿A la disidencia? La persiguen con saña.
Tal vez en otras provincias sanas haya condiciones, pero ¿Tucumán? Tucumán está en el horno, tan lejos de la civilización como Benjamín Paz.
Esta baja de imputabilidad no apunta al hijo del poder que hace desastres impunes entre cuatro paredes; apunta directo al changuito del barrio pobre, al changuito al que la policía caza a los tiros y de manera selectiva porque es más fácil llenar las planillas de estadística con los marginados de siempre. Mientras los ricos, famosos y políticos, compran impunidad, peritajes a medida y abogados top, los changuitos de los sectores vulnerables van derechito al muere, tirados a la buena de Dios y metidos en un sistema colapsado que apesta a crueldad.
Toda esta casta que nos gobierna cree que los problemas sociales profundos se combaten a pura bota militar, encierro de ratas y silencio de radio.
Juegan con fuego sobre un polvorín, escupen la Constitución y manejan la provincia como si fuera la estancia heredada de sus abuelos.

La Corte Suprema: Daniel Posse, Daniel Leiva, Ricardo Lorenzetti, Eleonora Rodríguez Campos. ¿Sonríen de los nervios?
Pero miren qué paradoja, qué cachetada a la soberbia: mientras el Gobernador Osvaldo Jaldo celebra el punitivismo y se pasea sonriente con su séquito de aplaudidores, la Justicia en otros distritos demuestra que hay que tener dos dedos de frente y un mínimo de dignidad humana.

Claudia Sbdar, figura, separada y distante del resto de los vocales de la corte, pero obsecuente y ansiosa de poder. En la foto junto a quien la eligió para estar en la Corte Suprema de Justicia José Alperovich.
En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, la jueza Marta Elba Pascual le frenó los pies al poder y suspendió por sesenta días el nuevo Régimen Penal Juvenil porque los centros de encierro son campos de concentración modernos. La magistrada fue terminante y escupió una verdad de Perogrullo que acá en Tucumán fingen demencia y no quieren escuchar: hacinar menores, tarde o temprano, lo único que hace es fabricar más muerte, más inseguridad y más saña. Porque tratarlos como a perros rabiosos en celdas de cemento frío devuelve a la calle monstruos mil veces más violentos que cuando entraron.

¿Entiende de una buena vez, gobernador Jaldo, o hay que dibujárselo con sangre de niño?
Hablemos sin anestesia, -pero sin anestesia y con bronca-, de la gran joyita macabra del gobierno: el Instituto «Cura Brochero», encajado en el aislamiento absoluto de Benjamín Paz, cerquita, bien cerquita y mimetizado con el penal de adultos. ¡Qué manera tan miserable de burlarse de la historia! Bautizar un antro de tormentos y desesperación con el nombre del cura gaucho —un tipo luminoso que abría huellas y abrazaba al desamparado— es una bofetada inaceptable a la decencia humana.

El Instituto «Cura Brochero»: la perversión convertida en cemento y llanto.
Habría que empapelar cada rincón de Tucumán a fuerza de Constituciones de la Nación, porque esta provincia retrocedió tanto en el tiempo, se corrompió tanto, que parece anclada en el peor período de la colonia, antes de la Asamblea del año 1813, aquella gesta histórica donde por fin se abolió la tortura legalizada. Mientras estos señores juegan a ser terratenientes feudales y reinstalan mazmorras de encierro extremo, nos dejaron a la intemperie en un régimen donde los derechos humanos son papel mojado y la crueldad estatal volvió a ser la norma.

¿Qué diría el mismísimo Papa León ante semejante sacrilegio?
Allí adentro, en ese Cura Brochero del horror, funciona un gueto de castigo medieval. Entre motines desesperados, denuncias pesadísimas por narcotráfico interno, muertes bajo custodia policial que nadie investiga y operativos oscuros, el predio de Benjamín Paz es el monumento vivo y putrefacto al fracaso de una gestión que prefiere gastar fortunas en levantar jaulas en el desierto antes que poner un peso en educación, salud o futuro para los changuitos de los barrios olvidados.

Pero ojo al piojo: este engranaje de crueldad no se mueve solo, eh. Necesita cómplices, silencios cobardes y socios que aplaudan con la billetera ajena mientras se roban el futuro. ¿Dónde están los popes de la política local cuando se consuma este desastre humanitario? ¿Dónde están los ministros, agachados y cómplices, mirando para otro lado mientras el tejido social se desangra y los sectores más postergados son arrojados a la basura? Dicen que están reunidos, no se sabe para qué…

Y por si faltara algo, la mismísima Secretaría de Derechos Humanos provincial está acéfala y desierta desde que renunció Mario Racedo, convertida en una triste cáscara vacía que da vergüenza ajena.
¡Sí, leyó bien!
Sin cabeza, sin rumbo y con la complicidad criminal de organismos que hacen una «memoria selectiva» de cabotaje mientras las denuncias de la ONU por torturas y tormentos en Tucumán rebotan en las paredes de una casta que vive en una nube de excremento y privilegio.

La pregunta del millón, la que quema en el pecho y ahoga en la garganta, la que ningún alcahuete oficial se anima a hacerles en la cara es: ¿hasta cuándo nos van a seguir tomando el pelo? ¿Vamos a mandar los changuitos a Benjamín Paz?, ¿Cuántos changuitos más tienen que pudrirse en vida en el infierno de Cura Brochero para que entiendan de una vez por todas que gobernar no es ensayar una tiranía de cabotaje?
Despiértense de una vez, señores. La historia los está enfocando de frente, y no precisamente con cara de amigos.



