Fiscalías S.A: El mercado del silencio.

Arte callejero y el ingenio popular nuca descansan
(Autora Myriam Costilla Duyck) – Abogada en una tierra de murmullos

…Dicen que en Tucumán el aire no corre, se estanca como el agua en los bajos, y que los hombres han aprendido a hablar bajito, no sea que el viento lleve el chisme a oídos que no debe…

El sol de Tucumán no tiene clemencia; es un fuego que abrasa la culpa, pero la deja pegada al alma. Allá arriba, los cerros se amontonan como bueyes cansados, con sus jorobas de piedra pesando más que el mismo aire. Por los caminos de polvo vienen bajando los changuitos en sus zulkys simoqueños, esas carretas de madera que lloran y rechinan como si se quejaran de haber nacido. Por esos cerros, pueblos de sombras y humedad, lo único que se mueve de verdad es la polvareda y el barro que dejan las ruedas al pasar.

El zulky simoqueño andando caminos por la zona del Aconquija

Dicen los que saben que allá abajo, donde el cemento terminó de devorarse a la tierra, ya no se oye ni el aleteo de los gorriones y la justicia se volvió una cosa muda. Los hombres de leyes, esos que antes cargaban códigos, ahora montaron Empresas de Justicia.

Ya no hay fiscalías Don:(le dice un lustrabotas a un jubilado)-: ya no espere encontrar un rincón donde la palabra valga algo.

Las Fiscalías SA las llaman unos señores que andan de traje. Con ese nombre suenan a grandeza y a misterio, de esos que se dicen con la boca llena pero el alma vacía… Tienen dueños que son como el viento en los cardonales de Colalao del Valle: se siente que pasan, pero nadie sabe bien quiénes son ni de dónde vienen. Lo que sí se sabe, -y se sabe bien-, es que allí en la Fiscalía Federal el “silencio” es la mercancía que se vende más caro.

Un silencio espeso, como el alpapuyo del Infiernillo que, todo lo tapa y todo lo olvida, mientras el dinero cambia de manos sin dejar más rastro que el frío en los bolsillos del pobre.

Cartas documento vuelan a la ciudad de Garden con bandada de gorriones

Cuentan que un gaucho, con el sello del correo quemándole las manos este 30 de marzo de 2026, mandó al PROCURADOR GENERAL DE LA NACIÓN una carta documento que lleva dinamita por dentro y una bandada de gorriones desesperados por volver a volar en la ciudad. En esos papeles, que pesan más que una lápida, se ratifica el olvido y se pide que se desvanezca de la memoria y del cargo un tal fiscal, Rafael Vehils Ruiz.

Nadie sabe de cierto si a ese hombre se le nubló el juicio con el vaho de las yungas o si se quedó ciego de repente ante esa montaña de billetes — El monto total de dinero desviado sería de, aproximadamente, $39.485.000 millones de pesos— que se esfumaron. Se perdieron así, sin dejar rastro, igual que se pierde el agua en el arenal o el nombre de un muerto en un camino sin cruces.

Dice Don Eugenio, mientras se limpia el polvo de la frente, que, en estos tiempos de Sociedades Anónimas, la justicia es un pozo seco donde solo se escucha el eco de los que tienen con qué pagar el silencio. Pero esa carta ya va rumbiando para Buenos Aires, cargada de pájaros que no se callan y de una pólvora que, tarde o temprano, va a terminar por despertar a los que duermen sobre el oro del pueblo.

Dice Don Eugenio: «Unos van presos por una gallina y otros se llevan un cerro de oro y billetes entero en el bolsillo».

Pero el tiempo de los silencios se está secando, como se seca el cauce de un río en agosto. Ahora, hasta en el rincón más hondo del monte tucumano, allá por las yungas donde la humedad se te mete en los huesos y apenas llega el rastro de un perro perdido, resuenan las cajitas de luz. Hay que explicarle con paciencia a Doña Magda que esos aparatos se llaman celulares, pero ella, que sabe leer el viento y la tierra, ya entiende que por ahí la verdad corre más rápido que un caballo desbocado y con los ojos vendados.

Es La Pluma Viral la que anda recorriendo los callejones, saltando de mano en mano como una brasa encendida que nadie quiere soltar. Ese medio digital va contando lo que antes apenas se susurraba en la sombra de los ranchos, en el eco de las mansiones o en los pasillos fríos de los palacios del poder.

Esa voz de la Pluma Viral ya no se calla más, aunque le rueguen con promesas o le pidan con amenazas; se ha vuelto un grito que se pega a los adobes y retumba en los callejones. Grita a los cuatro vientos, sin cansancio, que los fondos que debían mitigar el hambre del pueblo —ese dinero que era para el pan y la semilla— terminaron engordando los bolsillos de la política.

Es una verdad que flota en el aire, pesada como el humo de la zafra, denunciando que mientras en los ranchos el plato se queda vacío, en los palacios el oro sobra. Ya no hay ruego que la detenga, porque cuando el hambre habla, el silencio de los poderosos ya no alcanza para tapar el sol.

Fiscal Rafel Vehils Ruiz

Dicen que el fiscal Rafael Vehils Ruiz prefiere llamar a esos manejos de la fortuna del pueblo, con la elegancia que da el cargo de cortesano: “displicencia”; pero para el gaucho y el changuito que miran desde el cerro, eso no es más que el nombre que le ponen a una jugarreta para que no suene a pecado.

En Tucumán, la «displicencia» tiene olor a rapiña y sabor a tierra seca, y ya no hay rincón en el monte donde esa cajita de luz no esté alumbrando la herida. Allá en la ciudad de Gardel, la PROCELAC le puso sus nombres verdaderos: peculado y lavado de activos, palabras que suenan a cadenas arrastrándose por el suelo. La Pluma Viral va soltando esa verdad que asoma de repente, como un rayo que raja una noche seca y sin nubes.

Paula Omodeo

Cuentan que fue Doña Paula Omodeo quien tuvo el coraje de poner el nombre en el papel, desenterrando ese informe PROCELAC de números y billetes que el fiscal Don Vehil Ruiz se empeñó en no mirar, como quien cierra los ojos para no ver al muerto que tiene enfrente.

Dr. Gustavo Morales

Y en medio de este camposanto de silencios, se alza la sombra del Dr. Gustavo Morales. Él fue el primero en despegar los labios, el primero en alzar la voz cuando todos callaban. Pero lo madrugaron: lo dejaron sin firma y lo quisieron dejar sin aliento antes de que pudiera ratificar lo que ya todos sabían: que el dinero se volvió volátil, que se hizo humo en la ventanilla de un banco que no tenía más respaldo que el frío y el olvido de un cementerio.

En Tucumán, hasta el dinero tiene miedo de los vivos, por eso prefiere esconderse donde descansan los muertos.

Mientras tanto, los gauchos miran el ocaso desde los cerros de Villa Nougués, con los ojos entrecerrados por el humo de la duda, sabiendo bien que la justicia de las Fiscalias S.A. tiene las patas cortas y el aliento fétido. Doña Magda ya no busca luz de esperanza en el cielo, que está mudo; ella prefiere hincar las rodillas, pegar el oído al suelo y escuchar el latido de la madre tierra, que es la única que no sabe mentir.

El zulky simoqueño sigue su marcha lenta, con ese quejido de madera vieja que parece un rezo, cargando el sueño pesado de que alguna vez el que mande no sea el mismo que desplume al pobre. El camino va rumbiando hacia la ciudad de Gardel, allá donde el aire es distinto pero el olvido es el mismo. Porque si es cierto que Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires, allá en Avenida de Mayo 760 ha de estar el Procurador General de la Nación.

Él es quien tiene la obligación de despertar, de iniciar el sumario y de quitar del medio a ese juez que se embriagó la vista con tanto dinero suelto, como quien se emborracha con un vino agrio que termina por pudrirle el juicio.

Porque en Tucumán, cuando el río suena, es que trae piedras… y esta vez, las piedras no vienen romas. Vienen afiladas, golpeando con fuerza, y traen marcados, a fuego y sangre, nombres y apellidos que ya no podrán esconderse ni en la sombra más larga de los cerros. En esta tierra, tarde o temprano, hasta los muertos terminaran por hablar.