
Hace 7 años, Jorge Valenzuela fue denunciado por haber abusado de su propia hija, un calvario que empujó a la joven a sufrir un brote psicótico y a un intento de suicidio que derivó en un lavaje de estómago y su posterior internación en un neuropsiquiátrico.
Más allá de la inacción de la justicia, sorprende mucho que, desde el Tucumano, el medio de su hermano Julio Valenzuela, sus editores y periodistas hoy, en la previa de la convocatoria #3J del colectivo Ni Una Menos, los cómplices silenciosos pretendan ser sommeliers del feminismo.
La denuncia formal fue radicada a fines de 2019 por la abuela materna de la víctima.
Desde entonces, el amparo mediático tiene su reflejo exacto en los tribunales: el acusado lleva más de siete años sin dar explicaciones. Aunque la Defensoría de Niñez ya solicitó mediante tres escritos formales que Valenzuela sea citado a declarar como imputado, la Justicia hace oídos sordos. Hoy, el expediente 85.509/2019 sigue abierto, pero él sigue sin ser llamado.

Pero a la hora de hacer periodismo, hay un límite muy fino entre sostener una línea editorial y ejercer la desvergüenza intelectual. Cuando un medio de comunicación decide erigirse como auditor de los reclamos sociales y tribunal de la moral pública, lo mínimo que se le exige es coherencia. Sin embargo, en el tucumano, la ética periodística se acomoda a la conveniencia del apriete del día o al apellido del denunciado.

Es con este pesado prontuario escondido bajo la alfombra de la redacción que la reciente cobertura sobre la marcha de Ni Una Menos se convierte en un caso de estudio sobre cómo no hacer periodismo.
Lejos de buscar la verdad, la redacción ha dejado expuesta una operación de desgaste tan torpe que se contradice a sí misma.
Basta observar una simple captura de su propia portada web para asistir a un verdadero papelón editorial.



