
La verdad, a veces, es como una mancha de humedad en una pared recién pintada: por más que le pongan capas de barniz mediático, al final siempre termina saliendo el moho.
En Tucumán, donde la realidad se escribe a medida de quien paga la pauta o de quien reparte el sobre, hay un medio que se ha convertido en el boletín oficial de la corrección política judicial. Hablamos de el medio digital “El Tucumano”, ese portal que, bajo una pátina de «noticias de color», cumple a rajatabla una misión mucho más oscura: ser el esbirro perfecto del Poder Judicial provincial.
Estos muchachos publicaron una nota con un título que parece escrito por un pasante con aires de moralista de café: «El día después del Día del Padre: en Tucumán abundan los deudores alimentarios».

Qué ternura, ¿no? Qué compromiso social. Qué sensibilidad para detectar que, después de un domingo de asado, la realidad golpea la puerta de los juzgados. Pero no se equivoquen, querido lector, porque detrás de la nota «indignada» no hay justicia, hay maquillaje.
¿Por qué se ocupan hoy del deudor alimentario? ¿Es porque realmente les importa el hambre de los pibes? Por favor. El ejercicio es simple: la justicia tucumana necesita lavarse la cara. Después de años de cajonear expedientes, de burocracia infinita y de fallos que parecen dictados por el azar, alguien decidió que era hora de mostrar «gestión». Y ahí aparecen ellos, *El Tucumano*, funcionando como la oficina de prensa no oficial de los pasillos de Tribunales.
La nota es un catálogo de obviedades que sirve para una sola cosa: desviar la atención.

El CLAN VALENZUELA
Porque mientras el portal se rasga las vestiduras por los deudores alimentarios en general, hay un silencio atronador sobre la realidad que ocurre en el propio living de la familia dueña del medio.
La impunidad, como el buen vino, se sirve en casa.
Resulta que mientras “El Tucumano” pontifica sobre la moral, A.M. ha desnudado el calvario que vivió con su expareja: Jorge Alejandro Valenzuela, hermano del mismísimo dueño de ese diario.
Esta no es una historia de un deudor más; es la crónica de un sistema que protege a los suyos.
Estamos hablando de una mujer que relata agresiones brutales —incluso cuando estaba embarazada de cinco meses, donde un golpe le perforó el tímpano— y una asimetría perversa donde Valenzuela, el hermano del dueño del diario, habría tejido una red de complicidades para cobrar parte de su sueldo «en negro», declarando ingresos mínimos para que la cuota alimentaria de su propia hija fuera una miseria. Una burla legal.

Lo más grave, lo que hace que el estómago se revuelva, es el abuso sexual infantil denunciado. La niña, en un esfuerzo desgarrador, pasó por una Cámara Gesell. ¿Y qué pasó? Nada.
El sistema judicial, ese mismo al que “El Tucumano” le hace el trabajo sucio de prensa, permitió que el proceso se desmoronara por fallas en el impulso de la causa y la incomparecencia sistemática del acusado. La justicia citó tres veces a Valenzuela, no fue, y la causa se cayó. Así de simple. Así de impune.

¿No es curioso?
“El Tucumano” se indigna por los deudores de la calle, pero omite el detalle de que, en su propio clan familiar, el hermano del dueño parece ser el ejemplo perfecto de todo lo que el portal dice criticar. Es la doble vara de siempre: la crítica es para el enemigo o para el que no pone el sobre; para el pariente, silencio de radio y protección institucional.
Periodismo sería investigar por qué un tipo denunciado por abuso y por estafa alimentaria sigue impune, protegidos ambos —agresor y medio— por los mismos pasillos de Tribunales. Pero claro, eso exigiría cuestionar a los patrones. Y en este diario, eso no es negocio.

La próxima vez que lean un titular de “El Tucumano” que parece estar defendiendo la moral, recuerden: no les están contando la verdad. Les están vendiendo el guion que el sistema necesita que ustedes se crean para que, al final del día, los de siempre sigan intocables.



