
El chikungunya dejó de ser una hipótesis para transformarse en una experiencia concreta en Tucumán. Ya no se lo analiza a la distancia ni se lo compara con lo ocurrido en otros países: se lo enfrenta en consultorios, en operativos sanitarios y, sobre todo, dentro de las casas.
Con circulación local confirmada y una curva de casos que obliga a sostener la alerta, el foco empieza a desplazarse. La pregunta es qué herramientas existen -y cuáles faltan- para reducir el impacto de esta epidemia y de los futuros brotes de otras enfermedades también transmitidas por el mosquito Aedes aegypti.

No hay una solución única, sino un entramado de estrategias que combinan conocimiento científico, gestión sanitaria y hábitos cotidianos.
Los números ayudan a dimensionar el problema. Hasta la semana epidemiológica 20, el Ministerio de Salud Pública informó 423 casos de chikungunya. En los últimos días, se sumaron 77 contagios. El dato se inscribe en una tendencia de crecimiento sostenido que encendió alertas sanitarias y obligó a reforzar las intervenciones en territorio. La experiencia reciente con el dengue, que en 2024 dejó más de 84.000 casos y 44 muertes, funciona como antecedente inmediato: el vector ya estaba instalado. Lo que cambió fue la presencia del virus.
“Bastaron algunos movimientos y viajes de ciudadanos a otras regiones para que el chikungunya reapareciera en la provincia, donde los mosquitos encontraron las condiciones ideales para reproducirse”, explicó la investigadora y docente de la Facultad de Ciencias Naturales de la UNT, Giselle Rodríguez. En esa lógica, el mecanismo epidemiológico es claro: una persona infectada llega durante la fase de viremia, es picada por un mosquito local y se inicia una nueva cadena de transmisión.
La base del control sigue estando en casa
En ese contexto, la prevención primaria sigue siendo el eje más sólido, según Rodríguez. “Es lo que ya conocemos”, sostuvo. La frase sintetiza una evidencia repetida en cada brote: el control del mosquito depende, en gran medida, de lo que ocurre dentro de los hogares.
Rodríguez insistió en que la prevención tiene dos vertientes inseparables. Por un lado, el descacharreo y la eliminación de criaderos. Por otro, la educación. “Las técnicas vienen con una preparación no solo económica, sino social también”, advirtió. En ese punto aparece una dificultad clave: sin comprensión social, incluso las herramientas más avanzadas pueden fallar.
El rol del sistema de salud
Desde el Estado, las acciones se organizan en función de la situación epidemiológica. La licenciada Carolina Chiappini, jefa del Departamento de Prevención y Riesgo Ambiental, lo explicó con precisión. “Durante todo el año se realizan acciones de abordaje integrado, siempre teniendo en cuenta la situación epidemiológica”



