Changuitos y Chinitas de Tucuman, sin alas de fierro

…Ese despojo y el silencio que queda cuando a un changuito se le quita su única forma de fuga de la pobreza … y duele …
(Autora Myriam Costilla Duyck) – Abogada en una tierra de murmullos

El jubilado sentado en la plaza recordando su infancia perdida, pensaba por dentro: – Lo que es el silencio cuando se queda sin ruedas.

En esta ciudad que el cemento tapó, el juego se ha vuelto un pecado. A los changuitos les han quitado el movimiento, y un chango quieto es como un gorrión de plaza con las alas de plomo; se va secando por dentro hasta que se vuelve puro aire.

El jubilado vio a uno de ellos parado en la esquina de la Plaza, mirando el lugar vacío donde antes apoyaba su montura de fierro. No lloraba. En Tucumán el llanto se queda atorado en el pecho por culpa del hollín. Tenía la mirada perdida en el asfalto, ese piso gris que no devuelve nada, ni una semilla, ni una esperanza.

—Don:-se las llevaron los policías por orden de una Doña… que se llama Roxana Chahla — le dijo el changuito, y su voz sonó como el crujido de una rama seca—. Su mirada de dolor decía que se habían llevado su libertad de inocencia en dos ruedas.

Policías: -Changuitos dibujen su bicicleta por que no la verán más!

Las chinitas miraban desde el cordón de la vereda, con las manos vacías sobre el regazo. Ya no hay carreras por los callejones, ni el ruido del viento silbando en las orejas cuando bajan por la pendiente. Ahora solo queda el ruido de los colectivos y ese calor que sube del pavimento como un aliento de muerto.

Es una frustración vieja la que cargan estos changuitos. Es el entender, antes de tiempo, que en este mundo de cemento lo que te da alegría te lo cobran, y lo que te hace libre te lo secuestran.

El jubilado los vio ahí, amontonados contra la pared, miraba cómo los uniformes cargaban los sueños metálicos en una camioneta, llevándose el último rastro de juego que quedaba en el barrio.
—¿Ahora qué vamos a hacer, chango? —preguntó una de las chinitas.

En Tucumán la pérdida que sufre un niño no se llora, sino que se lleva como una piedra en el zapato

El otro changuito no contestó. Se quedó mirando sus propios pies descalzos sobre la dureza de la calle. Porque aquí, cuando te quitan la bici, no te quitan un juguete; te quitan el horizonte. Y sin horizonte, uno se vuelve parte de esa misma tierra que el cemento quiso enterrar: algo que está, pero que ya no vive.