Zafra de Almas, censura y celulares: la tortura digital de los fiscales tucumanos.

El ingenio popular y arte callejero nunca descansa en las calles de Tucumán…
(Autor Myriam Costilla Duyck)

…Dicen que en Tucumán el aire no corre, se estanca como el agua en los bajos, y que los hombres han aprendido a hablar bajito, no sea que el viento lleve el chisme a oídos que no debe…

 

Aquí en Tucumán, el aire no se respira; se mastica pesado por el hedor dulce y pegajoso de la caña quemada que baja de los cerros. Dicen que esta tierra es el Jardín de la República, pero lo que crece de la tierra es el miedo y un silencio que zumba en los oídos como el calor de la siesta. Crece como miedo viejo que se enrosca en el estómago como víbora hambrienta.

Yo soy un gaucho tucumano de poco decir, un alma en pena que se quedó esperando una justicia que aquí se volvió un fantasma, invisible pero omnipresente, como el viento que zumba entre los lapachos del cementerio.

Soy el gaucho que ando desandando caminos para decir allá lejos, en la ciudad del Obelisco donde Gardel todavía sonríe desde los muros, que mi pueblo se ha vuelto una necrópolis de mármol y sauces donde la Constitución yace sepultada bajo toneladas de expedientes que huelen a podrido.

Lo que aquí pasa no es cosa de leyes mal escritas; es un «Estado de Policía» que se nos metió en las casas sin avisar, así lo dice el informe sobre la situación de tortura en Tucumán Presentado al Comité contra la Tortura de Naciones Unidas en su 83.ª

Lo que pasa es que el Ministerio Público, ese que se llama Don Jiménez, al que le dicen el Pirincho, dejó de cuidar al desvalido para dominar una oficina dedicada a cazar a los que le resultan «molestos» al patroncito de estancia de esta provincia.

Soy un gaucho que viaja lejos, a la ciudad de luces y tangos donde dicen que Gardel todavía sonríe, llevando nuestro lamento ante los jueces de la Nación. Se les ha dicho que esto no es una provincia, sino una gran estancia de sombras donde se vive como en la época de la conquista española, bajo la bota de señores de toga y la espuela, los que son dueños de la tierra y hasta de lo que uno piensa.

Cerca del Obelisco se sabe que en Tucumán los tribunales usan unos aparatos extraños para quemar a uno la vida por dentro.

Es una agencia de inteligencia e investigación paralela, llena de verdugos designados a dedo por los cortesanos, que no buscan pruebas sino pecados de esos que solo se confiesan ante Dios. Pescan las vidas ajenas a través de los teléfonos celulares, rebuscando en la intimidad como quien hace «autopsia digital» en las entrañas de un muerto.

Son unos hombres de Negro que le llaman del ECIF. Esos técnicos oscuros, sin ley que los mande que, escarban secretos, violando el sagrado derecho de hablar con el cliente, como quien profana una tumba para ver qué encuentra.

Miren nomás lo que le pasó a un abogado de por aquí. Le quitaron el celular, lo destriparon como a un animal para verle las vísceras en una bandeja de plata. No fue una pericia; fue tortura psicológica, sacarle todos los secretos, las defensas y la dignidad.

Y aunque le devolvieron el aparato, se quedaron con «copias espejo» de todo, imágenes guardadas en computadoras de sitios oscuros, allá donde la humedad hace brotar hongos negros en los sótanos del poder judicial. Es como robar el alma para guardarla en un frasco a ser usado cuando quieran, convirtiendo al abogado en un muerto que camina al son de una música de ausencia.

Son unos hombres de Negro que le llaman del ECIF. Esos técnicos oscuros, sin ley que los mande que, escarban secretos, violando el sagrado derecho de hablar con el cliente, como quien profana una tumba para ver qué encuentra.

El otro día, en la penumbra de un bar de la ex Terminal de Ómnibus, encontré a dos clientes del Dr. Gustavo Morales, con los ojos hundidos y la voz cascada por la misma desesperanza que arrastra el río en la Banda del Rio Salí:

— ¿Supiste algo del Doctor Morales? —preguntó el primero, limpiando el sudor de su frente con el dorso de la mano.
— Nada bueno. Y no lo sabrás tampoco… Le callaron la boca. Seis años de silencio le impusieron tras diseccionarle el celular, lo censuraron después de que los fiscales le manosearon hasta los pensamientos. —respondió el segundo, bajando la voz. — Dicen que tienen todo lo que habló con nosotros, todo lo que planeábamos para la defensa. Ahora saben dónde golpearnos antes de que nos movamos.
— Es como si nos hubieran quitado el aire antes de ahorcarnos. Sin el Doctor Morales, estamos muertos antes de que empiece el juicio.

— Peor que muertos. Estamos olvidados. A él lo censuraron, y a nosotros nos convirtieron en sombras sin abogado. Eso es lo que buscan: que sepamos que nadie, ni el más valiente de los letrados, puede protegernos de la Manada.

—Es que ellos son los patroncitos —me contestó bajando la voz como si las piedras oyeran—. Tienen esa «agencia de inteligencia» que es como un tribunal del horror, el ECIF. Si te vuelves «molesto», te pescan el teléfono y te sacan la vida. Ahora saben todo lo que hablamos. Ya no hay secreto, ya no hay defensa. Estamos como los esclavos de antes de la Asamblea del Año XIII: esperando que el patroncito decida si nos perdona o nos termina de hundir. Necesitamos que se ordene quemar esos datos robados de nuestra intimidad, que son hierros ardientes marcando nuestra piel.

El gaucho le dijo al otro, mientras se marchaba cabeza gacha:
-Tener la vida de un hombre en una computadora de sus verdugos es como tener una guillotina siempre lista en mitad del cañaveral, esperando que sople el viento de la mala voluntad y te maten de espanto en Benjamín Paz.


Aunque el ECIF guarde ‘copias espejo’ de mi alma en sótanos oscuros, leo la ‘Ciudad de las Ranas’ , -4 de junio del 2023, dia en que los municipios cobraban millones por ventanilla-.Me ha vuelto el aliento. Un grito de LIBERTAD !! nace de adentro y dice:

¡¡VOY A HABLAR!!!

Mientras tanto, cuando el calor aprieta y el cerro se vuelve una sombra amenazante, me pregunto si alguien escucha, en esta tierra olvidada, porque los gritos de LIBERTAD se los traga el polvo, y los muertos sin tumba salen a hablar cuando ya no queda nadie para escucharlos.

Así vivimos en Tucumán. Soy un gaucho con miedo a la agencia paralela que obliga a un eterno murmullo de quejas y lamentos que se confunden con el viento entre los cerros y los cañaverales.

En un mausoleo de sombras, donde los gritos no se oyen y la justicia se quedó muda enterrada bajo el polvo de una zafra que nunca termina, la República es una mentira pintada en las paredes que clama socorro constitucional.