
Con facturas exorbitantes, un servicio deficitario y el amparo político, la fiesta eléctrica de unos pocos la terminamos pagando todos los tucumanos.
Prender el aire acondicionado o la heladera en Tucumán se convirtió en un lujo de millonarios. Vivir a oscuras con el calor sofocante o ver cómo se queman los electrodomésticos ya es la rutina de cada verano. Mientras la gente hace malabares para llegar a fin de mes y se debate entre pagar la luz o darle de comer a su familia, la boleta de EDET no da tregua y llega con aumentos brutales que te dejan mal antes de arrancar la semana.
Es la estafa perfecta del siglo XXI: pagamos la energía más cara de la región por un servicio digno del siglo pasado.
La bronca vecinal no es para menos. En cada barrio de la provincia, la historia se repite como una pesadilla. Vecinos con los bolsillos quebrados, comerciantes que tienen que tirar la mercadería a la basura porque la cadena de frío es una fantasía y pymes a punto de bajar la persiana. Pero mientras las casas tucumanas sufren la penuria de los baja tensión y los cortes interminables, desde el directorio de las empresas privadas se frotan las manos. Un negocio redondo donde la inversión en infraestructura brilla por su ausencia y las ganancias se cuentan en dólares.

«La electricidad no llega, la plata sí»
Mientras EDET y Transnoa se llenan los bolsillos a costa de las familias tucumanas, queda en evidencia lo ridículamente fácil que es ser «empresario de energía» en esta provincia: el Estado les garantiza tarifas astronómicas, ellos se guardan hasta el último peso y las obras de infraestructura brilla por su ausencia. La indignación ya no entra en el pecho y la pregunta del millón quema en las calles: ¿Quién cuida a los tucumanos y quién trajo a estos empresarios a saquearnos impunemente?
El silencio cómplice de ERSEPT
Detrás de este saqueo a mano armada hay un gran silencio complice. El ERSEPT, ese Ente Regulador que teóricamente nació para defender al usuario y controlar que no nos caminen por encima, terminó convertido en un mero sello de goma al servicio de las empresas.
Cada vez que la distribuidora pide un aumento, la firma del organismo sale más rápido que un rayo. En vez de ponerse del lado del laburante que sostiene la provincia, miran para otro lado, firman la planilla y avalan la pesada carga tarifaria que axfisia al ciudadano común.

¿Quién avala EDET en la provincia?
Por si fuera poco, la complicidad escala directo a los sillones de Casa de Gobierno. La gestión provincial de Osvaldo Jaldo mira la escena desde la tribuna, repartiendo tibias promesas que no resuelven nada mientras avalan maniobras y prórrogas que eternizan este monopolio ahogante.
Se llenan la boca hablando del pueblo, pero a la hora de las trompadas contra las pesadas del sector energético, tiran la toalla y dejan que al ajuste lo pague Doña Rosa. Es fácil hacerse el distraído cuando el aire de los despachos oficiales no se apaga nunca.
Los tucumanos cansados
El límite ya se cruzó hace rato y la paciencia del tucumano está colmada. No se aguanta más la burla de ver cómo unos pocos empresarios se llevan la plata en carretilla mientras la provincia entera se hunde entre la penuria y las deudas.
Tucumán necesita urgente un freno a la impunidad de las distribuidoras y un gobierno que defienda de verdad el bolsillo de la gente, no la caja de los grupos de poder.

Si las autoridades no se ponen los pantalones ahora, las calles van a cantar la posta: la energía es un derecho, no la caja chica de un grupo de vivos.



