
El relato libertario perfecto de Caputo choca de frente contra la realidad laboral en el Tucumán de Jaldo, donde los salarios públicos y privados no alcanzan para cubrir la canasta básica y se profundiza el abismo con el discurso oficial.
En los últimos días, el ministro de Economía de la Nación, Luis Caputo, sacudió el debate público con declaraciones vertidas sobre la dinámica de los ingresos en la Argentina. Según el funcionario, «ningún argentino gana menos de $1.500.000» y sostener lo contrario respondería a una lectura malintencionada o fuera de término. Sin embargo, la brecha entre las planillas oficiales de la Casa Rosada y el día a día de los trabajadores de a pie expone un nivel de desconexión alarmante.
En la práctica, la Argentina real muestra remuneraciones que ni siquiera se acercan al umbral del costo de vida. En las redes sociales y portales de empleo abundan ofertas laborales desreguladas en las que se exigen jornadas agotadoras de hasta 12 horas diarias por retribuciones que rondan los $750.000 o montos incluso menores.
Mientras los precios de alimentos, servicios públicos y alquileres continúan su marcha, la pérdida del poder adquisitivo sitúa a franjas enteras de la población activa por debajo de la línea de la pobreza.
Tucumán, en el podio de los sueldos devaluados
Las estadísticas de medición regional ubican a la provincia de Tucumán entre los distritos con los salarios promedios más bajos de la Argentina. De acuerdo con los datos de la Dirección de Estadística de la Provincia y relevamientos sobre costo de vida, una familia tipo en el territorio tucumano necesitó más de $1.082.000 para no caer bajo la línea de la pobreza. No obstante, el ingreso promedio mensual del sector privado registrado y no registrado en la provincia dista considerablemente de esa meta, dejando a la mayoría de los hogares sumergidos en la insuficiencia financiera estructural.
¿Cuánto cobra un estatal en la provincia de Jaldo?
La brecha entre el alineamiento político y el bolsillo estatal
Al consultar a los trabajadores de la administración pública tucumana sobre sus liquidaciones de sueldo, la respuesta desmorona cualquier discurso de bonanza económica. Bajo la gestión del gobernador Osvaldo Jaldo —alineado y en abierta simpatía con la agenda económica impulsada por el presidente Javier Milei—, el salario básico del empleado estatal promedio apenas supera el umbral del costo de vida alimentario, ubicando pisos salariales que en muchos sectores no llegan ni al millón de pesos o se mantienen estancados en valores rozando los $780.000.
Para los docentes, trabajadores de la salud y personal de la administración central, cubrir la Canasta Básica Total resulta una meta imposible.
La política de sumas fijas y paritarias a la baja impuesta por el Ejecutivo provincial contrasta duramente con el respaldo político a las medidas nacionales, confirmando que la austeridad en Tucumán la pagan las dependencias públicas con sueldos de hambre.
Jubilados: sobrevivir con ingresos de indigencia
El eslabón más vulnerable de este esquema vuelve a ser el sector pasivo. Los jubilados y pensionados perciben haberes de miseria que condicionan directamente su subsistencia alimentaria y el acceso a medicamentos básicos.
Sin una asistencia social nacional o provincial adecuada que compense el impacto de la inflación y las quitas de subsidios, las jubilaciones mínimas se han transformado en una condena a la indigencia, obligando a miles de adultos mayores a depender de la ayuda familiar o comunitaria para cubrir necesidades elementales.
El espejismo del modelo
Mientras en el ministerio de Economía se trazan diagnósticos basados en cifras que no registran la angustia cotidiana, la provincia de Tucumán funciona como el reflejo más crudo de este modelo. Entre discursos de austeridad celebrados desde el poder y planillas salariales que condenan a la indigencia, la brecha entre las promesas del gobierno y la mesa de los trabajadores sigue agrandándose; dejando en claro que, lejos del millón y medio imaginado, en Tucumán sobrevivir con el sueldo estatal se ha convertido en una prueba diaria de resistencia.



