El día después de Messi: el desafío que enfrenta la Selección.

Messi se va después de haber conseguido con la Selección todo aquello que durante buena parte de su carrera temió dejar pendiente.

El cambio no será solamente futbolístico: también pondrá a prueba la identidad construida durante los últimos años.
El retiro de Lionel Messi de la Selección argentina no puede medirse solamente por los títulos que deja. Su salida marca el cierre de un ciclo de más de dos décadas en el que el equipo nacional estuvo inevitablemente asociado a su figura, primero desde la exigencia y las críticas, después desde la reivindicación y, finalmente, desde una etapa de resultados que terminó superando las expectativas.

Messi se va después de haber conseguido con la Selección todo aquello que durante buena parte de su carrera temió dejar pendiente. Pero su recorrido con la camiseta argentina no se explica únicamente por estadísticas: también incluye años de derrotas, cuestionamientos y una relación particularmente exigente con el público argentino.

El retiro de Lionel Messi de la Selección argentina no puede medirse solamente por los títulos que deja.

Ese recorrido es, justamente, lo que hace difícil dimensionar lo que significa su salida. La Selección no pierde solamente a su mejor futbolista de las últimas décadas (y, sin entrar en comparaciones tediosas, probablemente de la historia); pierde al jugador alrededor del cual construyó buena parte de su identidad competitiva reciente. Durante años, incluso cuando el equipo no encontraba respuestas, existía la posibilidad de que Messi resolviera un partido. Esa posibilidad dejará de existir y obliga a pensar qué queda de la Selección después de él.

La historia de Messi con la Selección no empezó con los títulos

Es fácil mirar la carrera de Messi desde el presente y reconstruirla como una historia de éxito inevitable. No lo fue. Durante mucho tiempo, su relación con la Selección estuvo atravesada por una deuda que parecía imposible de saldar. El talento que exhibía en Barcelona no encontraba una traducción equivalente con la camiseta argentina y cada eliminación alimentaba una discusión que terminó excediendo al fútbol.

Messi perdió la final del Mundial de Brasil 2014 y luego las de las Copas América de 2015 y 2016. En ese período llegó incluso a anunciar su retiro de la Selección. La decisión duró poco, pero dejó expuesta la dimensión del desgaste. No era solamente un jugador que perdía finales: era el futbolista sobre el que recaía buena parte de la responsabilidad por no haberlas ganado.

Por eso los títulos posteriores tienen un significado que va más allá de las medallas. La Copa América de 2021 terminó con una espera de 28 años sin títulos de la selección mayor. La Finalissima de 2022 confirmó aquel cambio y el Mundial de Qatar cerró la discusión. Messi no necesitaba demostrar que era el mejor futbolista del mundo; sino que también podía conducir a la Selección hasta el lugar que durante décadas se le había negado.

Lo hizo. Y lo hizo sin borrar las derrotas anteriores, sino incorporándolas a una trayectoria mucho más compleja. Esa es una parte importante de su legado: haber demostrado que una carrera no queda definida por las veces que un equipo pierde, sino también por la capacidad de insistir después de esas derrotas.

La Selección tendrá que reinventarse

Ahora comienza una etapa que será inevitablemente diferente. No porque Argentina haya dejado de tener futbolistas de jerarquía ni porque la Selección vaya a perder su competitividad, sino porque durante demasiado tiempo Messi ocupó un lugar que ningún otro jugador puede asumir por simple sucesión.

No habrá un nuevo Messi. Tampoco tiene sentido buscarlo. El desafío será construir una Selección capaz de funcionar sin depender de la posibilidad de que el número 10 encuentre una solución extraordinaria cuando el partido se complica.

Eso implica también modificar la mirada sobre los futbolistas que vienen. Durante años, cualquier nuevo talento argentino fue comparado con Messi antes incluso de haber construido su propia carrera. Esa comparación ya no debería ser necesaria. La Selección tendrá que encontrar nuevos referentes sin exigirles que reproduzcan una trayectoria que, por definición, es irrepetible.

Y hay algo más que Messi deja y que no debería perderse en el recambio: una relación distinta entre la Selección y la gente. El equipo recuperó una identificación que durante años estuvo deteriorada. La generación que atravesó las derrotas y las críticas terminó celebrando. Esa transformación no pertenece exclusivamente a Messi, pero resulta imposible pensarla sin su figura.

Por eso su retiro no debería ser leído únicamente como una ausencia. También es el punto final de una etapa que permitió que la Selección llegara a un lugar desde el cual ahora deberá continuar por sus propios medios.

Messi se va con una historia que ya no necesita reivindicación. Se va campeón del mundo, campeón de América y como máximo goleador y jugador con más presencias de la Selección. Se va, además, después de haber atravesado todas las etapas posibles con esa camiseta: el debut como promesa, la exigencia, las derrotas, la frustración, la renuncia, el regreso y la consagración.

Lo que queda no es la obligación de encontrar rápidamente quién ocupará su lugar. Lo que queda es algo bastante más difícil: construir una Selección que no necesite mirar permanentemente hacia atrás para recordar cómo era cuando Messi estaba.

Porque durante muchos años Argentina tuvo una ventaja que parecía natural: cuando el partido exigía una respuesta extraordinaria, Messi estaba ahí. A partir de ahora, habrá que reinventarse.

Y esa será la verdadera medida del cambio: no cuánto tardará la Selección en encontrar otro “10”, sino cuánto tardará en dejar de jugar pensando en que, en algún momento, Messi puede resolverlo. /mdz