Podría definirse al influencer como un creador digital que combina producción de contenidos y capacidad de prescripción cultural sobre audiencias segmentadas. Su figura se inserta en un mercado global que moviliza 32.000 millones de dólares anuales y proyecta alcanzar 121.000 millones de la misma moneda en 2030 (MI, 2025).
Sin embargo, su aparición no surge en el vacío: hereda funciones históricas de mediación simbólica antaño ejercidas por cronistas de sociedad, columnistas de estilo o animadores televisivos. Revistas como Para Ti o Vogue ofrecían referentes de moda y consumo; figuras como Susana Giménez o Marcelo Tinelli encarnaban el espectáculo televisivo como ritual social ante grandes audiencias. Hoy, en cambio, el influencer monetiza sin intermediarios en TikTok, Instagram o YouTube, micro-segmentando la demanda.
En la Argentina existen unas 9.000 cuentas con más de 100.000 seguidores, umbral mínimo para generar ingresos medianamente significativos; al mismo tiempo 500.000 son aspirantes. Esto significa que 98 de cada 100 influencers no alcanza el estatus de celebridad, dificultando la probabilidad de vivir de esta actividad (IAB, 2025). Las cifras de monetización en Argentina muestran además una marcada volatilidad: van desde colaboraciones esporádicas y canjes con rendimientos mensuales por debajo de 100.000 pesos hasta casos excepcionales de 1.500 a 10.000 dólares, habitualmente asociados a perfiles con más de 100.000 seguidores y alto “engagement”.
Desde esta aparición, algunas profesiones podrían sufrir desvalorización simbólica si los consumidores sustituyen ciertas credenciales por reputación online. A su vez, otras se tornan obsoletas producto del avance tecnológico. Los programadores, que hace poco contaban con trabajo “de por vida”, han sido mayormente sustituidos por la IA. Lo mismo ocurre con los traductores, por ejemplo. Este proceso de destrucción creativa desmantela estructuras establecidas y habilita nuevas formas de producción y valor. Y es en este marco de transformación donde el influencer, cómo subcategoría profesional, adquiere visibilidad en ámbitos tan diversos como el periodismo, docencia, economía, curaduría digital y hasta la política.
Ante un escenario competitivo, para sobrevivir, estos nuevos emprendedores deben contar con un sólido nivel de creatividad, dominio narrativo y capacidad de adaptación a ecosistemas cambiantes -dominio de habilidades blandas-. A su vez, destreza tecnológica y conocimientos de finanzas, marketing y administración. Y es en esta suerte de profesionalización del comunicador digital dónde no sólo se interpela a este emergente, sino también a las instituciones encargadas de formar y certificar saberes.
A partir del cruce entre la espontaneidad del influencer y la estructura formal que lo empodera y acredita, las instituciones de educación superior revisan sus propuestas académicas a fin de no quedar al margen de una escena donde los límites entre lo corpóreo y lo digital se entrelazan. Decía Oscar Wilde que “el único encanto del pasado consiste en que es el pasado”.
Para enfrentar el cambio, algunas universidades apelan a propuestas ágiles a partir de la oferta de tecnicaturas de pregrado de dos años de cursada. Gestión de medios digitales, e-commerce y comunicación digital son tres ejemplos concretos. Asimismo, ganan espacio los microcréditos, cursos breves con enfoques prácticos y un promedio de entre 30 y 40 horas de duración. Creación de contenidos digitales, gestión de redes sociales y posicionamiento de marca personal son ofertas en dicho formato.
Pero no todo se reduce a un acortamiento. La aparición de nuevas opciones como las licenciaturas en inteligencia artificial, robótica y ciencias del comportamiento son reacciones adaptativas que buscan una mayor profundización y entrecruzamiento de saberes.
Otras carreras más tradicionales como psicología y administración de empresas, por ejemplo, dan respuesta incorporando en su currículo herramientas de análisis de datos, storytelling, intervención en entornos virtuales, gestión de comunidades digitales y ética profesional en plataformas virtuales. Y es en este último eje donde asimismo la educación juega un rol principal.
Si bien las redes sociales se han convertido en el principal medio de comunicación global, el mal uso del lenguaje oral y escrito ha opacado la comunicación y empobrecido el diálogo. La supresión de mayúsculas, la ausencia de signos de puntuación y el empleo irreflexivo de palabrotas pretende proyectar disrupción; sin embargo, esta aparente transgresión solo alimenta un esnobismo performativo que privilegia la pose por sobre el mensaje.
Esta pobreza de objetivos y contenidos contrasta con quienes practicaron la rebeldía desde el rigor estético. Allen Ginsberg en su lectura de Howl y el juicio por obscenidad de 1957, ejemplifica una verdadera transgresión comprometida con la búsqueda de significación social. Deberían imitarla.
En este campo de batalla digital, la educación -y las universidades en particular- deben ocupar un lugar central en la formación de los nuevos comunicadores -alcancen o no la categoría de influencers-.
Comunicar en tiempos de algoritmos exige que quienes construyen audiencias se formen con profundidad, rigor y sentido público, y que a partir de esos principios asuman el compromiso de instruir y orientar a quienes los siguen. Hannah Arendt nos recuerda que “la educación es el punto en el que decidimos si amamos lo suficiente al mundo como para asumir la responsabilidad de transformarlo”. Solo así se fundará una comunidad de sentido.




